Page 47 - Amor en tiempor de Colera
P. 47
relicarios con rizos dorados, cartas de amor, de negocios, de pésame: cartas de todo.
Algunos volvían por sus cosas perdidas, pero la mayoría se quedaban allí, y Lotario
Thugut las guardaba bajo llave, pensando que tarde o temprano aquel palacio caído en
desgracia, con los miles de objetos personales olvidados, sería un museo del amor.
El trabajo era duro y mal pagado, pero ella lo hacía bien. Lo que no podía soportar
eran los sollozos, los lamentos, los crujidos de los resortes de las camas que se le iban
sedimentando en la sangre con tanto ardor y tanto dolor, que al amanecer no podía
soportar la ansiedad de acostarse con el primer mendigo que encontrara en la calle, o
con un borracho desperdigado que le hiciera el favor sin más pretensiones ni preguntas.
La aparición de un hombre sin mujer como Florentino Ariza, joven y limpio, fue para ella
un regalo del cielo, porque desde el primer momento se dio cuenta de que era igual que
ella: un menesteroso de amor. Pero él fue insensible a sus apremios. Se había mantenido
virgen para Fermina Daza, y no había fuerza ni razón en este mundo que pudiera torcerle
el propósito.
Esa era su vida, cuatro meses antes de la fecha prevista para formalizar el
compromiso, cuando Lorenzo Daza apareció a las siete de la mañana en la oficina del
telégrafo, y preguntó por él. Como aún no había llegado, lo esperó sentado en la banca
hasta las ocho y diez, quitándose de un dedo y poniéndose en otro el pesado anillo de
oro coronado por un ópalo noble, y cuando lo vio entrar lo reconoció de inmediato como
el empleado del telégrafo, y lo tomó del brazo.
-Venga conmigo, jovencito -le dijo-. Usted y yo tenemos que hablar cinco minutos,
de hombre a hombre.
Florentino Ariza, verde como un muerto, se dejó llevar. No estaba preparado para
ese encuentro, porque Fermina Daza no había encontrado la ocasión ni el modo de
prevenirlo. El caso era que el sábado anterior, la hermana Franca de la Luz, superiora del
Colegio de la Presentación de la Santísima Virgen, había entrado en la clase de Nociones
de Cosmogonía con el sigilo de una serpiente, y espiando a las alumnas por encima del
hombro descubrió que Fermina Daza fingía tomar notas en el cuaderno cuando en
realidad estaba escribiendo una carta de amor. La falta, de acuerdo con los reglamentos
del colegio, era motivo de expulsión. Citado de urgencia a la rectoría, Lorenzo Daza
descubrió la gotera por donde estaba escurriéndose su régimen de hierro. Fermína Daza,
con su entereza congénita, admitió la culpa de la carta, pero se negó a revelar la
identidad del novio secreto, y volvió a negarse ante el Tribunal de Orden, que por este
motivo confirmó el veredicto de expulsión. Sin embargo, el padre hizo una requisa del
dormitorio que hasta entonces había sido un santuario inviolable, y en un doble fondo del
baúl encontró los paquetes de tres años de cartas, escondidas con tanto amor como
habían sido escritas. La firma era inequívoca, pero Lorenzo Daza no pudo creer ni
entonces ni nunca que la hija no supiera de su novio escondido nada más que el oficio de
telegrafista y su afición por el violín.
Convencido de que una relación tan difícil sólo era comprensible por la complicidad
de la hermana, no le concedió a ésta ni la gracia de una disculpa, sino que la embarcó sin
apelación en la goleta de San Juan de la Ciénaga. Fermina Daza no se alivió nunca de su
último recuerdo, la tarde en que la despidió en el portal ardiendo de fiebre dentro de su
hábito pardo, ósea y cenicienta, y la vio desaparecer en la llovizna del parquecito con lo
único que le quedaba en la vida: el petate de soltera, y el dinero para sobrevivir un mes,
envuelto en un pañuelo dentro del puño. Tan pronto como se liberó de la autoridad de su
padre la hizo buscar por las provincias del Caribe, averiguando por ella con todo el que
pudiera conocerla, y no encontró noticia alguna de su rastro hasta casi treinta años
después, cuando recibió una carta que había pasado por muchas manos durante mucho
tiempo, y en la cual le informaron que había muerto casi centenaria en el lazareto de
Agua de Dios. Lorenzo Daza no previó la ferocidad con que la hija había de reaccionar
por el castigo injusto de que fue víctima la tía Escolástica, a quien había identificado
siempre con la madre que apenas recordaba. Se encerró con tranca en el dormitorio, sin
comer ni beber, y cuando él logró por fin que le abriera, primero con amenazas y luego
Gabriel García Márquez 47
El amor en los tiempos del cólera