Page 52 - Amor en tiempor de Colera
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perdía en lamentos lo ganaba la hija en sus amores. Así, mientras él andaba castrando
novillos y desbravando mulas en las tierras venturosas de sus cuñados, ella se paseaba
con la rienda suelta en un tropel de primas comandadas por Hildebranda Sánchez, la más
bella y servicial, cuya pasión sin porvenir por un hombre veinte años mayor, casado y
con hijos, se conformaba con miradas furtivas.
Después de la prolongada estancia en Valledupar prosiguieron el viaje por las
estribaciones de la sierra, a través de praderas floridas y mesetas de ensueño, y en
todos los pueblos fueron recibidos como en el primero, con músicas y petardos, y con
nuevas primas confabuladas y mensajes puntuales en las telegrafías. Bien pronto se dio
cuenta Fermina Daza de que la tarde de su llegada a Valledupar no había sido distinta,
sino que en aquella provincia feraz todos los días de la semana se vivían como si fueran
de fiesta. Los visitantes dormían donde los sorprendiera la noche y comían donde los
encontraba el hambre, pues eran casas de puertas abiertas donde siempre había una
hamaca colgada y un sancocho de tres carnes hirviendo en el fogón, por si alguien
llegaba antes que su telegrama de aviso, como ocurría casi siempre. Hildebranda
Sánchez acompañó a la prima en el resto del viaje, guiándola con~pulso alegre a través
de las marañas de la sangre hasta sus fuentes de origen. Fermina Daza se reconoció, se
sintió dueña de sí misma por primera vez, se sintió acompañada y protegida, con los
pulmones colmados por un aire de libertad que le devolvió el sosiego y la voluntad de
vivir. Aun en sus últimos años había de evocar aquel viaje, cada vez más reciente en la
memoria, con la lucidez perversa de la nostalgia.
Una noche regresó del paseo diario aturdida por la revelación de que no sólo se
podía ser feliz sin amor sino también contra el amor. La revelación la alarmó, porque una
de sus primas había sorprendido una conversación de sus padres con Lorenzo Daza, en la
que éste había sugerido la idea de concertar el matrimonio de su hija con el heredero
único de la fortuna fabulosa de Cleofás Moscote. Fermina Daza lo conocía. Lo había visto
caracoleando en las plazas sus caballos perfectos, con gualdrapas tan ricas que parecían
ornamentos de misa, y era elegante y diestro, y tenía unas pestañas de soñador que
hacían suspirar a las piedras, pero ella lo comparó con su recuerdo de Florentino Ariza
sentado bajo los almendros del parquecito, pobre y escuálido, con el libro de versos en el
regazo, y no encontró en su corazón ni una sombra de duda.
Por aquellos días, Hildebranda Sánchez andaba delirando de ilusiones después de
visitar a una pitonisa cuya clarividencia la había asombrado. Asustada por las intenciones
de su padre, también Fermina Daza fue a consultarla. Las barajas le anunciaron que no
había en su porvenir ningún obstáculo para un matrimonio largo y feliz, y aquel
pronóstico le devolvió el aliento, porque no concebía que un destino tan venturoso
pudiera ser con un hombre distinto del que amaba. Exaltada por esa certidumbre, asumió
entonces el mando de su albedrío. Fue así como la correspondencia telegráfica con
Florentino Ariza dejó de ser un concierto de intenciones y promesas ilusorias, y se volvió
metódica y práctica, y más intensa que nunca. Fijaron fechas, establecieron modos,
empeñaron sus vidas en la determinación común de casarse sin consultarlo con nadie,
donde fuera y como fuera, tan pronto como volvieran a encontrarse. Fermina Daza
consideraba tan severo este compromiso, que la noche en que su padre le dio permiso
para que asistiera a su primer baile de adultos, en la población de Fonseca, a ella no le
pareció decente aceptarlo sin el consentimiento de su prometido. Florentino Ariza estaba
aquella noche en el hotel de paso, jugando barajas con Lotario Thugut, cuando le
avisaron que tenía un llamado telegráfico urgente.
Era el telegrafista de Fonseca, que había enclavijado siete estaciones intermedias
para que Fermina Daza pidiera el permiso de asistir al baile. Pero una vez que lo obtuvo,
ella no se conformó con la simple respuesta afirmativa, sino que pidió una prueba de que
en efecto era Florentino Ariza quien estaba operando el manipulador en el otro extremo
de la línea. Más atónito que halagado, él compuso una frase de identificación: Dígale que
se lo juro por la diosa coronada. Fermina Daza reconoció el santo y seña, y estuvo en su
primer baile de adultos hasta las siete de la mañana, cuando debió cambiarse a las
volandas para no llegar tarde a la misa. Para entonces tenía en el fondo del baúl más
52 Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera