Page 59 - Amor en tiempor de Colera
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Gozó con el hálito  de vetiver  de  los  paños  en los arcones,  se envolvió en  sedas
                    estampadas, se rió de su propia risa al verse disfrazada de manola con una peineta y un
                    abanico de flores pintadas frente al espejo de cuerpo entero de El Alambre de Oro. En la
                    bodega de  ultramarinos destapó un barril de  arenques en  salmuera que le recordó las
                    noches de  nordeste, muy  niña, en San Juan de la Ciénaga. Le dieron a probar una
                    morcilla de Alicante que tenía un sabor de regaliz, y compró dos para el desayuno del
                    sábado, y además unas pencas de bacalao y un frasco de grosellas en aguardiente. En la
                    tienda de especias, por el puro placer del olfato, estrujó hojas de salvia y orégano en las
                    palmas de las manos, y compró un puñado de clavos de olor, otro de anís estrellado, y
                    otros dos de jengibre y de enebro, y salió bañada en lágrimas de risa de tanto estornudar
                    por los vapores  de la  pimienta de  Cayena.  En la botica francesa, mientras compraba
                    jabones de Reuter y agua de benjuí, le pusieron detrás de la oreja un toque del perfume
                    que  estaba de moda en París, y  le dieron una tableta  desodorante para después de
                    fumar.
                          Jugaba a comprar, es cierto, pero lo que de veras le hacía falta lo compraba sin
                    más vueltas, con una autoridad que no permitía pensar que lo hiciera por primera vez,
                    pues  era consciente de que  no compraba  sólo  para-  ella sino  también para él, doce
                    yardas de lino para los manteles de la  mesa de ambos, el percal para las sábanas de
                    bodas con el relente de  los humores  de ambos al amanecer, lo más exquisito de cada
                    cosa para disfrutarlo juntos en la casa del amor. Pedía rebaja y sabía hacerlo, discutía
                    con gracia y  dignidad hasta obtener  lo  mejor, y pagaba  con  piezas  de oro  que los
                    tenderos probaban por el puro gusto de oírlas cantar en el mármol del mostrador.
                          Florentino Ariza la espiaba  maravillado,  la  perseguía sin aliento, tropezó  varias
                    veces con los canastos de la criada que respondió a sus excusas con una sonrisa, y ella le
                    había pasado tan cerca que él alcanzó a percibir la brisa de su olor, y si entonces no lo
                    vio no  fue  porque no  pudiera sino por  la  altivez de su  modo de  andar. Le parecía  tan
                    bella, tan seductora, tan distinta de la gente común, que no entendía por qué nadie se
                    trastornaba como él con las castañuelas de sus tacones en los adoquines de la calle, ni se
                    le desordenaba el corazón con el aire de los suspiros de sus volantes, ni se volvía loco de
                    amor todo el mundo con los vientos de su trenza, el vuelo de sus manos, el oro de su
                    risa, No había perdido un gesto suyo, ni un indicio de su carácter, pero no se atrevía a
                    acercársele por el temor de malograr el encanto. Sin embargo, cuando ella se metió en la
                    bullaranga del Portal de los Escribanos, él se dio cuenta de que estaba arriesgándose a
                    perder la ocasión anhelada durante años.
                          Fermina Daza compartía con sus compañeras de colegio la idea peregrina de que
                    El Portal  de  los Escribanos era un  lugar de  perdición, vedado, por su puesto, a  las
                    señoritas decentes. Era una galería de  arcadas frente a una plazoleta donde se
                    estacionaban los coches de alquiler y las carretas de carga tiradas por burros, y donde se
                    volvía  más denso y bullicioso  el comercio popular. El  nombre  le  venía de la  Colonia,
                    porque allí se sentaban desde entonces los calígrafos taciturnos de chalecos de paño y
                    medias mangas postizas, que escribían por encargo toda clase de documentos a precios
                    de pobre:  memoriales  de  agravio o  de súplica, alegatos jurídicos,  tarjetas de
                    congratulación  o  de duelo, esquelas de  amor en  cualquiera de sus  edades. No era de
                    ellos, desde luego, de quienes le venía la mala reputación a aquel mercado fragoroso,
                    sino de mercachifles  más recientes que  ofrecían por  debajo del mostrador cuantos
                    artificios equívocos  llegaban  de contrabando en los  barcos de  Europa, desde  postales
                    obscenas y pomadas alentadoras, hasta los célebres preservativos catalanes con crestas
                    de  iguanas que  aleteaban cuando era del caso, o  con  flores en  el  extremo para que
                    desplegaran sus pétalos a voluntad del usuario. Fermina Daza, poco diestra en el uso de
                    la calle, se metió  en  el  portal sin fijarse por dónde  andaba, buscando  una sombra de
                    alivio para el sol bravo de las once.
                          Se  sumergió  en  la  algarabía caliente de  los limpiabotas y los  vendedores  de
                    pájaros, de los  libreros de lance  y los curanderos y  las pregoneras de dulces que
                    anunciaban a gritos por encima de la bulla las cocadas de piña para las niñas, las de coco
                    para los locos, las de panela para Micaela. Pero  ella  fue indiferente al  estruendo,

                                                                              Gabriel García Márquez  59
                                                                        El amor en los tiempos del cólera
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