Page 63 - Amor en tiempor de Colera
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obligatorio  de capacitación para que  los  pobres  aprendieran a construir sus propias
                    letrinas. Luchó en vano para que las basuras no se botaran en los manglares, convertidos
                    desde hacía siglos en estanques de putrefacción, y para que se recogieran por lo menos
                    dos veces por semana y se incineraran en despoblado.
                          Era  consciente de  la acechanza  mortal de  las aguas  de beber.  La  sola  idea  de
                    construir  un  acueducto parecía fantástica, pues quienes  hubieran podido impulsarla
                    disponían de aljibes subterráneos donde se almacenaban bajo una espesa nata de verdín
                    las aguas llovidas durante años. Entre los muebles más preciados de la época estaban los
                    tinajeros de madera labrada cuyos filtros de piedra goteaban día y noche dentro de las
                    tinajas. Para impedir  que  alguien bebiera  en el  mismo jarro de  aluminio con que se
                    sacaba el agua, éste tenía los bordes dentados como la corona de un rey de burlas. El
                    agua era vidriada y fresca en la penumbra de la arcilla cocida, y dejaba un regusto de
                    floresta. Pero el doctor Juvenal Urbino no incurría en estos engaños de purificación, pues
                    sabía que a despecho de tantas precauciones el fondo de las tinajas era un santuario de
                    gusarapos.  Había pasado las  lentas horas de  su infancia contemplándolos  con un
                    asombro casi místico, convencido como tanta gente de entonces que los gusarapos eran
                    los  animes,  unas criaturas sobrenaturales que cortejaban  a  las doncellas  desde  los
                    sedimentos  de las  aguas pasmadas,  y eran  capaces  de furiosas  venganzas de amor.
                    Había visto de niño los destrozos en la casa de Lázara Conde, una maestra de escuela
                    que se atrevió a desairar a los animes, y había visto el reguero de vidrios en la calle y el
                    montón de piedras que tiraron durante tres días y tres noches contra las ventanas. De
                    modo que  pasó  mucho  tiempo  antes  de que  aprendiera que los  gusarapos  eran  en
                    realidad las larvas de  los  zancudos,  pero lo aprendió  para no  olvidarlo jamás, porque
                    desde entonces se dio cuenta de que no sólo ellos sino otros muchos animes malignos
                    podían pasar intactos a través de nuestros cándidos filtros de piedra.

                          Al agua  de los aljibes  se  atribuyó  durante mucho tiempo, y  a mucha  honra,  la
                    hernia del escroto que tantos hombres de la ciudad soportaban no sólo sin pudor sino
                    inclusive  con una cierta insolencia patriótica. Cuando juvenal  Urbino iba  a la escuela
                    primaria no lograba evitar un pálpito de horror al ver a los potrosos sentados a la puerta
                    de sus casas en las tardes de calor, abanicándose el testículo enorme como si fuera un
                    niño dormido entre las piernas. Se decía que la hernia emitía un silbido de pájaro lúgubre
                    en las noches de tormenta y se torcía con un dolor insoportable cuando quemaban cerca
                    una pluma de gallinazo, pero nadie se quejaba de aquellos percances, porque una potra
                    grande y bien llevada se lucía por encima de todo como un honor de hombre. Cuando el
                    doctor Juvenal Urbino  regresó  de Europa  ya conocía  muy  bien la  falacia científica  de
                    estas  creencias, pero  estaban tan  arraigadas en la superstición local que  muchos  se
                    oponían al enriquecimiento mineral del agua de los aljibes por temor de que le quitaran
                    su virtud de causar una potra honorable.
                          Tanto como las impurezas del  agua,  al doctor Juvenal Urbino lo mantenía
                    alarmado el estado higiénico del mercado público, una vasta extensión en descampado
                    frente a la bahía de Las Ánimas, donde atracaban los veleros de las Antillas. Un viajero
                    ilustre de la época lo describió como uno de los más variados del mundo. Era rico, en
                    efecto, profuso y bullicioso, pero quizás también el más alarmante. Estaba asentado en
                    su propio  muladar, a merced de las veleidades  del mar de  leva,  y era allí  donde  los
                    eructos de la bahía devolvían  a  tierra las  inmundicias de  los albañales. También se
                    arrojaban  allí los desperdicios del  matadero contiguo, cabezas  destazadas, vísceras
                    podridas, basuras de animales que se quedaban flotando a sol y sereno en un pantano de
                    sangre. Los gallinazos se los disputaban con las ratas  y los  perros en  una rebatiña
                    perpetua, entre los venados y los capones sabrosos de Sotavento colgados en los aleros
                    de los barracones, y las legumbres primaverales de Arjona expuestas sobre esteras en el
                    suelo. El doctor juvenal Urbino quería sanear el lugar, quería que hicieran el matadero en
                    otra parte, que construyeran un mercado cubierto con cúpulas de vitrales como el que
                    había conocido en las antiguas boquerías de Barcelona, donde las provisiones eran tan
                    rozagantes y limpias que daba lástima comérselas. Pero aun los más complacientes de
                    sus amigos notables se compadecían de su pasión ilusoria. Así eran: se pasaban la vida
                    proclamando el orgullo de su origen, los méritos históricos de la ciudad, el precio de sus
                                                                              Gabriel García Márquez  63
                                                                        El amor en los tiempos del cólera
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