Page 64 - Amor en tiempor de Colera
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reliquias, su heroísmo y su belleza, pero eran ciegos a la carcoma de los años. El doctor
Juvenal Urbino, en cambio, le tenía bastante amor para verla con los ojos de la verdad.
-Cómo será de noble esta ciudad -decía- que tenemos cuatrocientos años de estar
tratando de acabar con ella, y todavía no lo logramos.
Estaban a punto, sin embargo. La epidemia de cólera morbo, cuyas primeras
víctimas cayeron fulminadas en los charcos del mercado, había causado en once
semanas la más grande mortandad de nuestra historia. Hasta entonces, algunos muertos
insignes eran sepultados bajo las losas de las iglesias, en la vecindad esquiva de los
arzobispos y los capitulares, y los otros menos ricos eran enterrados en los patios de los
conventos. Los pobres iban al cementerio colonial, en una colina de vientos separada de
la ciudad por un canal de aguas áridas, cuyo puente de argamasa tenía una marquesina
con un letrero esculpido por orden de algún alcalde clarividente: Lasciate ogni speranza
voi Mentrate. En las dos primeras semanas del cólera el cementerio fue desbordado, y no
quedó un sitio disponible en las iglesias, a pesar de que habían pasado al osario común
los restos carcomidos de numerosos próceres sin nombre. El aire de la catedral se
enrareció con los vapores de las criptas mal selladas, y sus puertas no volvieron a abrirse
hasta tres años después, por la época en que Fermina Daza vio de cerca por primera vez
a Florentino Ariza en la misa del gallo. El claustro del convento de Santa Clara quedó
colmado hasta sus alamedas en la tercera semana, y fue necesario habilitar como
cementerio el huerto de la comunidad, que era dos veces más grande. Allí excavaron
sepulturas profundas para enterrar a tres niveles, de prisa y sin ataúdes, pero hubo que
desistir de ellas porque el suelo rebosado se volvió como una esponja que rezumaba bajo
las pisadas una sanguaza nauseabunda. Entonces se dispuso continuar los
enterramientos en La Mano de Dios, una hacienda de ganado de engorde a menos de
una legua de la ciudad, que más tarde fue consagrada como Cementerio Universal.
Desde que se proclamó el bando del cólera, en el alcázar de la guarnición local se
disparó un cañonazo cada cuarto de hora, de día y de noche, de acuerdo con la
superstición cívica de que la pólvora purificaba el ambiente. El cólera fue mucho más
encarnizado con la población negra, por ser la más numerosa y pobre, pero en realidad
no tuvo miramientos de colores ni linajes. Cesó de pronto como había empezado, y
nunca se conoció el número de sus estragos, no porque fuera imposible establecerlo, sino
porque una de nuestras virtudes más usuales era el pudor de las desgracias propias.
El doctor Marco Aurelio Urbino, padre de Juvenal, fue un héroe civil de aquellas
jornadas infaustas, y también su víctima más notable. Por determinación oficial concibió
y dirigió en persona la estrategia sanitaria, pero de su propia iniciativa acabó por
intervenir en todos los asuntos del orden social, hasta el punto de que en los instantes
más críticos de la peste no parecía existir ninguna autoridad por encima de la suya. Años
después, revisando la crónica de aquellos días, el doctor Juvenal Urbino comprobó que el
método de su padre había sido más caritativo que científico, y que de muchos modos era
contrario a la razón, así que había favorecido en gran medida la voracidad de la peste. Lo
comprobó con la compasión de los hijos a quienes la vida ha ido convirtiendo poco a poco
en padres de sus padres, y por primera vez se dolió de no haber estado con el suyo en la
soledad de sus errores. Pero no le regateó sus méritos: la diligencia y la abnegación, y
sobre todo su valentía personal, le merecieron los muchos honores que le fueron
rendidos cuando la ciudad se restableció del desastre, y su nombre quedó con justicia
entre los de otros tantos próceres de otras guerras menos honorables.
No vivió su gloria. Cuando reconoció en sí mismo los trastornos irreparables que
había visto y compadecido en los otros, no intentó siquiera una batalla inútil, sino que se
apartó del mundo para no contaminar a nadie. Encerrado solo en un cuarto de servicio
del Hospital de la Misericordia, sordo al llamado de sus colegas y a la súplica de los
suyos, ajeno al horror de los pestíferos que agonizaban por los suelos de los corredores
desbordados, escribió para la esposa y los hijos una carta de amor febril, de gratitud por
haber existido, en la cual se revelaba cuánto y con cuánta avidez había amado la vida.
Fue un adiós de veintle pliegos desgarrados en los que se notaban los progresos del mal
por el deterioro de la escritura, y no era necesario haber conocido a quien los había
64 Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera