Page 163 - Desde los ojos de un fantasma
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Las Ciudades Habladas de Sara y sus amigos tenían la gracia de haberse trazado
               a partir de la mirada de los niños. Mirada de lince prodigioso que puede ver lo
               que se esconde más allá de la materia.


               Ricardo estaba seguro de que esos dibujos podrían servir para luchar contra la
               invasión de los Smileys. Darlos a conocer ayudaría para que las personas se
               dieran cuenta de los horribles cambios que estaba experimentando el mundo.

               Funcionaría un poco como los anuncios de “antes” y “después”, en los que
               primero se ve una persona con muchos kilos de más, y en la fotografía contigua,
               la misma persona con un increíble abdomen en el que bien se podría tallar una
               camisa percudida. Con la diferencia de que ahora el “después” correspondía a la
               parte triste de la historia.


               No había tiempo que perder, así que el señor Alves estuvo de acuerdo en que su
               nuevo amigo se llevara los dibujos de su hija. Seguro que Sara se pondría muy
               contenta cuando se enterara de que sus Ciudades Habladas iban a servir para
               recuperar la belleza perdida, le confesó Enrique al inventor de palabras cuando
               se despidieron a las puertas del locutorio. Un instante después el emisario de
               Smileys & Inc. & Inc. & Inc. & Inc. abandonó la caseta número 4, pagó su
               llamada y salió a la calle para seguirle los pasos al inventor de palabras, quien,
               pensativo, caminaba por la serpenteante rua das Escolas Gerais llevando en su
               portafolios los dibujos de más de doscientas hermosas ciudades del mundo.


               Míster Pro Tercero aprovechó el embeleso de Ricardo y dándole un fuerte tirón
               se apoderó del portafolios.


               —¡Al ladrón, al ladrón! —gritó el inventor de palabras tratando de llamar la
               atención de las pocas personas que pasaban por allí. Sin embargo, los transeúntes
               se limitaron a adornar su expresión con la característica sonrisa boba y brillante
               del universo de los Smileys. Solo un ciudadano japonés se unió a Ricardo en la
               caza del ladrón. Era Haruki, que se dirigía al Conversario para hacerle una
               llamada a su madre.


               Las calles de Alfama forman una hermosa colección de caminos en desnivel,
               andadores, escaleras y diminutas plazas que conforman el que tal vez sea el
               laberinto más hermoso del mundo. Por allí corrían Míster Pro Tercero, después
               Haruki y un poco más atrás el inventor de palabras.
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