Page 201 - Desde los ojos de un fantasma
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TODOS los detenidos, a excepción de La Voz del Sentimiento, aceptaron la
               orden del policía. Comprendían que lo mejor era aclarar las cosas. Incluso
               abrigaban la esperanza de que de ese modo las autoridades abrirían los ojos en

               relación a las sucias intenciones de los Smileys.

               El ejecutivo, sin embargo, enloqueció de ira; escudándose en una supuesta fama
               universal, amenazó a todos con hundirlos para siempre e incluso propinó algunos

               golpes a los policías. Por esta razón fue conducido a la comisaría, esposado y
               dentro de una patrulla.

               Los demás, incluidas Sara y la cazadora, fueron llevados en una furgoneta,

               donde pudieron intercambiar información. Allí fue cuando la pequeña se enteró
               del robo de sus dibujos. Su padre se sentía culpable por haber dispuesto de ellos
               sin su consentimiento, pero Sara lo tranquilizó diciéndole que había hecho lo
               correcto. Estaban en una situación complicada y había que actuar con rapidez.


               También, gracias a la descripción que hicieron del ladrón y a la confesión de
               Míster Ru, comprendieron que el atraco había sido obra de Míster Pro Tercero.
               Sin embargo, todos coincidieron en que era muy extraño que el malhechor nunca
               hubiera llegado al departamento de la rua Garrett. “Es como si se lo hubiera
               tragado la tierra”, dijo alguno, repitiendo de manera casi literal la sospecha que
               ya pesaba sobre el paradero del criminal, y que nosotros sabemos que se apega
               por completo a la realidad.






               Ana, alertada por una llamada de Enrique, llegó a la comisaría al mismo tiempo
               que la furgoneta. Los comandantes le entregaron a Sara y le permitieron una
               breve entrevista con su esposo.


               —¿De qué los acusan?


               —De un secuestro.


               Los ojos de la lámpara de pie brillaron como nunca ante las palabras del señor
               Alves.

               —¡Un secuestro!
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