Page 207 - Desde los ojos de un fantasma
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—¿Y cómo lo sabes?
—Su madre me lo dijo en otro sueño: yo caminaba afuera de un edificio de la
calle Ozuki en Tokio y la madre de Haruki, que paseaba por el Convento do
Carmo, me dijo que su hijo me estaba buscando… Todo muy raro. Lisboa y
Tokio reunidos en un mismo espacio.
—Es lógico, Natasha: estabas dentro de un sueño.
—No estoy tan segura. Tal vez se trataba de algo más que eso, tal vez estoy
atrapada en medio de una historia de amor.
A pesar de encontrarse en un patio solitario, Sara se sentía observada. Mil ojos se
posaban sobre ella. Pero en el fondo no era una sensación desagradable. Pensaba
que más o menos así se sentiría Juan Pablo cuando se subía a un escenario a
cantar sus fados. Le daba la impresión de que alguien estaba esperando algo
importante de ella.
Unos minutos después aparecieron, literalmente aparecieron, tres niños con
trajes antiguos. Eran Fernando, Esperanza y Enriqueta, los repartidores de
saudade.
—Tú debes de ser Fernando —dijo Sara—. El inventor de palabras me pidió que
te buscara en la pensión.
—Creo que es mejor que nos veamos aquí. De hecho, la pensión ya no existe. La
compraron los Smileys. Sí, yo soy Fernando y ellas son Enriqueta y Esperanza.
Somos… o, más bien, éramos repartidores de saudade.
—Encantada, señorita —saludaron Esperanza y Enriqueta con toda la propiedad
de las niñas del pasado.
—Son fantasmas, ¿verdad?
—Así es.
—Siempre quise platicar con ustedes. A veces yo también me siento un
fantasma.
—Todos los hombres llevan en su alma la semilla de un fantasma. En algunos