Page 189 - Egipto Tomo 1
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ATEMPHIS. LAS PIRAMIDES         1 / 5
              atiaido  la animadversión  de  sus súbditos, no  existia en  Egipto quien  se  decidiera  á
              pronunciar su nombre de todos odiado.
                x ero hora es ya de que sorteando
                                       las  dificultades, que no son pocas, descendamos
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              hasta la necrópolis que se extiende á nuestros piés,
              * visitemos, de los sepulcros cubiertos de arena que
              se hallan dispuestos en luengas hileras, los que estén
                           y examinemos  las catacumbas
              mejor conservados,
              abiertas en las laderas de la meseta calcárea sobre la
              cual se elevan las pirámides, va que por este medio
              podremos formarnos de la época de Cheops
                                         y de sus
              inmediatos sucesores una idea, que influirá induda-
              blemente en  la rehabilitación más perfecta que  se
             pueda desear, de unos príncipes cuyo mérito ha sido
             injustamente vilipendiado. Y aquí cumple decir, que
             así como en las pirámides no se ve una sola ins-
             cripción, en las cámaras interiores de los sepulcros
             pertenecientes á  los grandes personajes de aquellos
             tiempos remotísimos, acontece todo lo contrario, en
             téi minos de que sus paredes se hallan materialmente
                                                 cubiertas de jeroglíficos, que nos
             permiten reconocer los vínculos que unían al difunto con sus soberanos, sus títulos, sus
             dignidades, en una palabra, cuanto había sido y poseído en la tierra. Pocas son las que
             no» oí i ecen una narración tan acabada como la que de sus hechos militares encontramos
                                  en la del general Una. No se olvide que la época en que
                                  se construyeron las pirámides, constituye un período de
                                  paz y bienandanza,  y esto es precisamente  lo que nos
                                  revelan en conjunto las representaciones á que antes nos
                                  hemos  referido; pues cada uno  de  los muros  de  los
                                  sepulcros, viene á ser,  si así podemos decirlo, una página
                                  de piedra del libro de estampas más antiguo que existe,
                                  providencialmente conservado por la arena que lo cubre.
                                  Con  todo,  los procedimientos técnicos de que echaban
                                  mano los escultores en esos remotos tiempos, ¿tenían la
                                  perfección indispensable para comunicar una expresión
                                  verdaderamente artística á las formas múltiples de la vida?
                                  Sí, no vacilamos en contestar con tan rotunda afirmación,
                                  añadiendo en corroboración de ella que en tiempo alguno
             la escultura, en las márgenes del Nilo  se entiende, ha modelado más perfectamente  la
             figura que en esa época primitiva, separada de nosotros por un lapso de cincuenta siglos.
                    el ademan del rey, del magnate y de los grandes dignatarios, no sólo están
             El rostro y
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