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Actualmente, ningún techo impide que la luz del
sol penetre libremente hasta el tapiz de hierba del
suelo de la nave y los cruceros. Pero los grupos
de columnas y arcos cual fuentes de piedra siguen
apuntando hacia el cielo con esa característica
exuberancia tan propia del arte gótico.
Al extremo este de la iglesia, el gran ventanal de
19 metros de alto ha perdido toda su tracería a
excepción de un parteluz central. Aunque la orden
cisterciense prohibía la utilización de colores en
sus ventanas, la del este fue cerrada con vidrieras,
en las que aparecía el escudo de armas de Roger
Bigod. Cuando el sol se elevaba en los cielos, debía
formar con sus rayos exuberantes colas de pavo
real proyectándose sobre los muros enlucidos, el
suelo de baldosas y el artesonado de roble del coro
de los monjes.
Más allá de la iglesia se extienden las ruinas de
los demás edificios que cubrían las 11 hectáreas
del conjunto de la abadía. Unido a la iglesia por
el lado sur se encontraba el claustro, un patio
abierto cubierto de hierba y enmarcado por lo
que fueron galerías cubiertas. Éstas conducían a
otras dependencias, tales como la sala particular,
donde diariamente se discutía sobre cuestiones
de disciplinas; el locutorio, donde se permitía la
conversación: un gran refectorio de 26 metros, y
el invitador cuarto de las calderas, el único lugar
además de la enfermería donde en invierno se
mantenía un fuego encendido.
El fin de una era
A finales del siglo XIII, la abadía de Tintern
poseía más de 1.214 hectáreas de tierra cultivable,
y sus posesiones se valoraban en unas 150 libras,
lo que hacía de ella uno de los monasterios más
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