Page 61 - Un café con sal
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Sin dar su brazo a torcer, él se sacó un anillo del bolsillo y, poniéndoselo delante, iba a hablar
cuando ella siseó:
—Ni se te ocurra… o juro que te arranco la cabeza.
William sonrió y, sin hacerle caso, empezó a decir:
—Elizabeth, yo…
Con un rápido movimiento, ella le tapó la boca y, mirándolo, insistió:
—¡Que no lo hagas!
William permitió que ella le tapara la boca y, cuando se la destapó, prosiguió:
—Elizabeth, sé que es una locura, pero… ¿quieres casarte conmigo?
Un nuevo «ohhhhh» emocionado se volvió a oír en el restaurante. Cada vez había más gente
mirando y él continuó:
—Vamos, cielo. No me puedes decir que no.
Horrorizada, lo miró.
Pero ¿dónde estaba el hombre discreto y celoso de su intimidad?
Sin poder evitarlo, respondió:
—Pues te digo que no. Y, por si no te has enterado, lo repito: ¡¡no!!
—Lizzy —protestó Triana, que los observaba—. ¿Qué estás haciendo?
Tras mirar a su amiga, le pidió silencio cuando el jefe de sala de la joven, acercándose a ellos,
dijo azorado:
—Señor Scoth, creo que lo que está ocurriendo no es…
—Le agradecería, señor González —dijo William con rotundidad—, que no se entrometiera en la
conversación que mantengo con la mujer que amo.
—Pero, señor…
William lo miró con gesto serio y éste finalmente se calló, justo en el momento en el que Lizzy
comenzaba a caminar con brío hacia las cocinas. Debía huir del comedor y de las docenas de miradas
indiscretas antes de que todo se liara mucho más, pero una mano la agarró y no la soltó. Era William.
—Escúchame, Elizabeth.
—No.
—Elizabeth, sé que no crees en los cuentos de hadas, pero…
—Olvídame, ¡no existo para ti!
Sin darse por vencido y sabedor de la cabezonería de ella, insistió sin soltarla:
—Vamos a ver, respira y mírame.
—No quiero respirar y ¡suéltame! —gritó descompuesta.
Aquel grito hizo que él le soltara el brazo y ella, desconcertada y sabedora de que todo había sido
descubierto por su jefe inmediato y sus compañeros, voceó sin importarle ya nada. ¿Qué más daba?
—No sólo me haces sentir una don nadie, sino que ahora también, por tu culpa, me voy a quedar
sin trabajo. ¿Te has vuelto loco?
William asintió y, ante el gesto de alucine de ella, afirmó:
—Total y completamente loco por ti, cariño.
Incrédula, Lizzy parpadeó. ¿Había oído bien? Él, al verla tan desconcertada, prosiguió:
—No lo hice bien. Sé que te debería haber llamado todos los días cuando me fui para solucionar
lo de mi exmujer. Lo sé. —Y tomando aire, afirmó—: Pero te quiero. Estoy loco y apasionadamente
enamorado de ti y, repito, ¿quieres casarte conmigo?