Page 91 - COLECCION HERNAN RIVERA MAS DOS CUENTOS
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visillos  de  gasa,  Hidelbrando  del  Carmen  trató  de

               recordar lo que había soñado. Como secuencias de una

               sinopsis de película vieja, las difusas escenas del sueño

               le fueron llegando en fogonazos cortos y desordenados.

               Eran  imágenes  de  una  salitrera  paralizada  —de  eso

               estaba  cierto—,  uno  de  los  tantos  pueblos  fantasmas

               que  poblaban  los  alunados  valles  de  la  pampa.

               Confusamente  le  parecía  que  de  nuevo  se  trataba  de

               Algorta.  Y  ahí,  bajo  un  sol  yerto,  en  medio  de  esa


               soledad como de planeta abandonado, alguien golpeaba
               una puerta con desesperación.


                    «Parece que están golpeando…», recordó que decía

               su madre, clamando al Señor en voz alta cada vez que

               despertaba a medianoche inquieta por algún mal sueño.

                    Junto  a  la  palmatoria,  sobre  las  hojas  de  la  Biblia

               abierta  en  el  libro  de  los  Salmos,  brillaba  el  reloj  de

               pulsera del hermano Tenorio López. Lo alcanzó. Eran

               exactamente  las  cinco  de  la  madrugada.  A  sus  trece

               años de edad ya le estaba comenzando a funcionar el

               despertador biológico de los ancianos. El de su padre


               era de una precisión suiza.

                    Con  sus  sentidos  aún  aletargados,  tendiéndose  de

               espaldas en el colchón lleno de tulucos, introdujo con

               torpeza  los  pies  en  los  pantalones  de  mezclilla  y  los

               bajó al suelo desganadamente. Sus calcetines de color

               naranja,  los  únicos  que  tenía,  yacían  apelotonados




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