Page 92 - COLECCION HERNAN RIVERA MAS DOS CUENTOS
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junto a sus zapatos como dos crisantemos resecos. Con
la cara apoyada entre las manos, atraída su vista por el
tono encendido de los calcetines, se los quedó
contemplando un rato sin verlos. Lo más terrible del
sueño había sido lo candente de ese sol infernal y la
desesperación infinita con que él golpeaba la puerta.
Porque ahora tenía la sensación cierta de que los
escombros del sueño eran de la oficina Algorta y que
era él ese espectro vestido de negro, con un raído traje
fuera de época, que golpeaba afanosamente la puerta.
«Parece que están golpeando…», repitió para sí en
voz baja. Y pensó en el poder de premonición que
poseía su madre. Recordó una noche, en Algorta,
cuando el tronar de un dinamitazo sacudió fuertemente
las calaminas y despertó a todos en casa. «Se mataron
los amantes», dijo su madre acongojada. Y los
amantes, dos jóvenes —él, alto y moreno; ella,
pequeña y rubia— que tres días antes habían aparecido
por la oficina en busca de trabajo y, sin tener dónde
vivir, no habían hecho más que pasearse abrazados y
silenciosos por las calles del campamento, se habían
suicidado. Junto a la línea del tren, el hombre se ató un
cartucho de dinamita en la correa, con el pucho de su
último cigarrillo (así lo había imaginado él muchas
veces) encendió la guía, le dijo a ella que la amaba y la
abrazó fuerte. En el instante de la explosión ambos
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