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Y en un santiamén, se hallaban frente a la casa amarilla de un famoso pintor francés.



            —Van Gogh vivió aquí durante unos años; además de la casa amarilla, pintó algunos otros lugares del
            pueblo. Te llevaré a ellos.


            Así que visitaron su conocida habitación, el puente de Langlois y los campos de trigo. Más tarde, le
            mostró los cuadros y Cloe reconoció algunos lugares. Le extrañó que pintase la casa amarilla tantas

            veces.


            —Van Gogh, como muchos pintores de su época, pintaba el mismo lugar a diferentes horas, para ver

            cómo cambiaba con la luz.
            —¡Le  gustaba  la  luz  tanto  como  a  mí!  —exclamó  Cloe,  acostumbrada  a  la  luminosidad  del
            Mediterráneo.
            —Sol y mar, eso es lo que busca mucha gente cuando llega a la Costa Azul.



            Y  así  es  como  Cloe  apareció  en  la  Cala  o  Calanque  d´En-Vau,  una  de  las  playas  más  bonitas  de
            Cassis.



            Cloe chapoteaba en las aguas cristalinas cuando se percató de que un pez la perseguía, saltaba a su
            alrededor e intentaba jugar con ella. Lo observó con atención y dio un salto de alegría.


            —¡François! ¡Mira! ¡El pez de Marsella!
            —Sí, viene a darte las gracias. ¡Le salvaste la vida!



            Cloe  dejó  quieta  su  mano  bajo  el  agua  y,  sorprendentemente,  el  pez  nadó  hasta  rozarla.  Con  sus
            caricias hacía cosquillas a la chica, que sonreía y se alegraba de la suerte de su amigo.
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