Page 48 - Cloe-y-el-poubolt-magico
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La iglesia parecía algo más moderna de lo que Cloe estaba acostumbrada; en su interior lo que más le llamó

       la atención fue una antigua talla en piedra de Juana. Y es que a Cloe le gustaba más lo sencillo y natural.


       Más  tarde,  la  llevó  al  puerto  mercantil,  donde  se  cargaban  y  descargaban  grandes  contenedores  de  unos
       gigantescos mercantes. Cloe se sintió diminuta entre tanto titán. La chica pasó con rapidez y recelo bajo una
       grúa que sostenía una cuba de varias toneladas, miró al Poulbot con cara de súplica y le hizo una sugerencia.



       —En realidad, prefiero la naturaleza a los lugares comerciales.


                                                                                                            François  reaccionó  tan  rápido  que  al
                                                                                                            segundo  ya  sentían  la  brisa  del

                                                                                                            océano  en  la  Costa  de  Alabastro,
                                                                                                            donde  al  fondo  se  encontraban  los
                                                                                                            acantilados de Étreat.




                                                                                                            —¡Mira  que  arco  más  bien  hecho!  —
                                                                                                            exclamó la chica entusiasmada, alegre
                                                                                                            de  encontrarse  en  un  sitio  más

                                                                                                            tranquilo y natural.
                                                                                                            —Sí,  con  los  siglos  las  olas  crean
                                                                                                            formas en las rocas.
                                                                                                            —¡Y  aquella  piedra  parece  un  dedo

                                                                                                            que señala el cielo!
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