Page 36 - Amor en tiempor de Colera
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algunas confidencias. Tránsito Ariza se conmovió hasta las lágrimas por el candor del hijo
en asuntos de amores, y trató de orientarlo con sus luces. Empezó por convencerlo de
que no entregara el mamotreto lírico, con el que sólo lograría asustar a la niña de sus
sueños, a quien suponía tan verde como él en los negocios del corazón. El primer paso,
le dijo, era lograr que ella se diera cuenta de su interés, para que su declaración no la
fuera a tomar por sorpresa y tuviera tiempo de pensar.
-Pero sobre todo -le dijo-, a la primera que tienes que conquistar no es a ella sino
a la tía.
Ambos consejos eran sabios, sin duda, pero tardíos. En realidad, el día en que
Fermina Daza descuidó un instante la lección de lectura que estaba dándole a la tía, y
levantó la vista para ver quién pasaba por el corredor, Florentino Ariza la había
impresionado por su aura de desamparo. Por la noche, durante la comida, su padre había
hablado del telegrama, y fue así como ella supo qué había ido a hacer Florentino Ariza a
la casa, y cuál era su oficio. Estas noticias aumentaron su interés, pues para ella, como
para tanta gente de la época, el invento del telégrafo tenía algo que ver con la magia. Así
que reconoció a Florentino Ariza desde la primera vez que lo vio leyendo bajo los árboles
del parquecito, aunque no le dejó ninguna inquietud mientras la tía no la hizo caer en la
cuenta de que había estado allí desde hacía varias semanas. Después, cuando lo vieron
también los domingos a la salida de misa, la tía acabó de convencerse de que tantos
encuentros no podían ser casuales. Dijo: “No será por mí que se toma semejante
molestia”. Pues a pesar de su conducta austera y su hábito de penitente, la tía
Escolástica Daza tenía un instinto de la vida y una vocación de complicidad que eran sus
mejores virtudes, y la sola idea de que un hombre se interesara por la sobrina le causaba
una emoción irresistible. Sin embargo, Fermina Daza estaba todavía a salvo hasta de la
simple curiosidad del amor, y lo único que le inspiraba Florentino Ariza era un poco de
lástima, porque le pareció que estaba enfermo. Pero la tía le dijo que era necesario haber
vivido mucho para conocer la índole verdadera de un hombre, y estaba convencida de
que aquel que se sentaba en el parque para verlas pasar, sólo podía estar enfermo de
amor.
La tía Escolástica era un refugio de comprensión y afecto para la hija solitaria de
un matrimonio sin amor. Ella la había criado desde la muerte de la madre, y en relación
con Lorenzo Daza se comportaba más como cómplice que como tía. Así que la aparición
de Florentino Ariza fue para ellas una más de las muchas diversiones íntimas que solían
inventarse para entretener sus horas muertas. Cuatro veces al día, cuando pasaban por
el parquecito de los Evangelios, ambas se apresuraban a buscar con una mirada
instantánea al centinela escuálido, tímido, poquita cosa, casi siempre vestido de negro a
pesar del calor, que fingía leer bajo los árboles. “Ahí está”, decía la que lo descubría
primero, reprimiendo la risa, antes de que él levantara la vista y viera a las dos mujeres
rígidas, distantes de su vida, que atravesaban el parque sin mirarlo.
-Pobrecito -había dicho la tía---. No se atreve a acercarse porque voy contigo,
pero un día lo intentará si sus intenciones son serias, y entonces te entregará una carta.
Previendo toda clase de adversidades le enseñó a comunicarse con letras de
mano, que era un recurso indispensable de los amores prohibidos. Aquellas travesuras
desprevenidas, casi pueriles, le causaban a Fermina Daza una curiosidad novedosa, pero
no se le ocurrió durante varios meses que llegara más lejos. Nunca supo en qué
momento la diversión se le convirtió en ansiedad, y la sangre se le volvía de espuma por
la urgencia de verlo, y una noche despertó despavorida porque lo vio mirándola en la
oscuridad a los pies de la cama. Entonces deseó con el alma que se cumplieran los
pronósticos de la tía, y rogaba a Dios en sus oraciones que él tuviera valor para
entregarle la carta, sólo por saber qué decía.
Pero sus ruegos no fueron atendidos. Al contrario. Esto sucedía por la época en
que Florentino Ariza se confesó con su madre y ésta lo disuadió de entregar los setenta
folios de requiebros, así que Fermina Daza siguió esperando todo el resto del año. Su
ansiedad se convertía en desesperación a medida que se acercaban las vacaciones de
36 Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera