Page 39 - Amor en tiempor de Colera
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entender por la diferencia de edades, pues podían haber sido abuelo y nieto, pero se
llevaban tan bien en el trabajo como en las fondas del puerto, donde iban a parar los
trasnochados, sin escrúpulos de clase, desde los borrachitos de caridad hasta los
señoritos vestidos de etiqueta que se fugaban de las fiestas de gala del Club Social para
comer lebranche frito con arroz de coco. Lotario Thugut solía irse por allí después del
último turno del telégrafo, y muchas veces amanecía bebiendo ponche de Jamaica y
tocando el acordeón con las tripulaciones de locos de las goletas de las Antillas. Era
corpulento, atortugado, con una barba dorada y un gorro frigio que se ponía para salir de
noche, y sólo le faltaba una ristra de campánulas para ser idéntico a San Nicolás. Al
menos una vez por semana terminaba con una pájara de la noche, como él las llamaba,
de las muchas que vendían amores de emergencia en un hotel de paso para marineros.
Cuando conoció a Florentino Ariza, lo primero que hizo con un cierto deleite magistral fue
iniciarlo en los secretos de su paraíso. Escogía para él las pájaras que le parecían
mejores, discutía con ellas el precio y el modo, y le ofrecía pagar con dinero suyo el
servicio adelantado. Pero Florentino Ariza no lo aceptaba: era virgen, y se había
propuesto no dejar de serlo mientras no fuera por amor.
El hotel era un palacio colonial venido a menos, y los grandes salones y los
aposentos de mármol estaban divididos en cubículos de cartón con agujeros de alfileres,
que lo mismo se alquilaban para hacer que para ver. Se hablaba de fisgones a quienes
les habían vaciado un ojo con agujas de tejer, de otro que reconoció a su propia esposa
en la que estaba espiando, y de caballeros de alcurnia que entraban disfrazados de
verduleras para desfogarse con los contramaestres de paso, y de tantos otros percances
de aguaitadores y agualtados, que la sola idea de asomarse al cuarto contiguo le
resultaba pavorosa a Florentino Ariza. Así que Lotario Thugut no logró persuadirlo de que
ver y dejarse ver eran refinamientos de príncipes en Europa.
Al contrario de lo que hacía creer su corpulencia, Lotario Thugut tenía una perinola
de querubín que parecía un capullo de rosa, pero éste debía ser un defecto afortunado,
porque las pájaras más percudidas se disputaban la suerte de dormir con él, y sus
alaridos de degolladas remecían los estribos del palacio y hacían temblar de espanto a
sus fantasmas. Decían que usaba una pomada de veneno de víbora que enardecía la silla
turca de las mujeres, pero él juraba no tener recursos distintos de los que Dios le había
dado. Decía muerto de risa: “Es puro amor”. Tuvieron que pasar muchos años para que
Florentino Ariza entendiera que tal vez lo decía con razón. Acabó de convencerse en un
tiempo más avanzado de su educación sentimental, cuando conoció a un hombre que se
daba una vida de rey explotando a tres mujeres al mismo tiempo. Las tres le rendían
cuentas al amanecer, humilladas a sus pies para hacerse perdonar sus recaudos exiguos,
y la única gratificación que anhelaban era que él se acostara con la que le llevara más
dinero. Florentino Ariza pensaba que sólo el terror podía inducir a semejante indignidad.
Sin embargo, una de las tres muchachas lo sorprendió con la verdad contraria.
-Estas cosas -le dijo- sólo pueden hacerse por amor.
No fue tanto por sus virtudes de fornicador como por su gracia personal, por lo
que Lotario Thugut había llegado a ser uno de los clientes más apreciados del hotel.
Florentino Ariza, con ser tan callado y escurridizo, se ganó también el aprecio del dueño,
y en la época más ardua de sus quebrantos solía encerrarse a leer versos y folletines de
lágrimas en los cuartitos sofocantes, y sus ensueños dejaban nidos de oscuras
golondrinas en los balcones y rumores de besos y batir de alas en los marasmos de la
siesta. Al atardecer, cuando bajaba el calor, era imposible no escuchar las
conversaciones de los hombres que venían a desahogarse de la jornada con un amor de
prisa. Así se enteraba Florentino Ariza de muchas infidencias y aun de algunos secretos
de estado que los clientes importantes y aun las autoridades locales les confiaban a sus
amantes efímeras sin cuidarse de que no los oyeran en los cuartos vecinos. Fue también
así como se enteró de que a cuatro leguas marinas al norte de Sotavento yacía hundido
desde el siglo xvi un galeón español cargado con más de quinientos mil millones de pesos
en oro puro y piedras preciosas. El relato lo asombró, pero no volvió a pensar en él hasta
Gabriel García Márquez 39
El amor en los tiempos del cólera