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con el pasaporte de Laura «limpio», logró también con relativa
                     facilidad el visado del consulado alemán.
                         El instante en el que el oficial nazi revisaba sus pasaportes
                     se eternizó. No encontraba la página con el visado. Fermi, en un
                    perlecto alemán, le preguntó qué sucedía. Pronto pasó las páginas
                    y dieron con el sello del visado. Fue una auténtica bifurcación de
                    la existencia en la que confluían todos los miedos,  angustias y
                     desasosiegos de los meses anteriores, las tensiones acumuladas
                     desde que el Manifesto  della razza había puesto en el punto de
                    mira a la familia de Fermi. Pero consiguieron pasar.
                        Finalizado el trayecto féffeo, cruzaron el Báltico en barco ca-
                    mino de Estocolmo. Eran una familia de emigrantes. Atrás queda-
                    ban meses de esfuerzos, duras investigaciones, familiares, amigos
                    y toda una vida en Italia. El frío Báltico difuminaba sus recuerdos
                    como después lo haría el Atlántico.
                        Fermi albergaba un inevitable sentimiento de abandono de sus
                    compañeros y estudiantes. Pero la situación en Roma era insosteni-
                    ble y Laura y sus hijos eran la prioridad fundamental en un entorno
                    fascista cada vez más hostil. La desaparición de Majorana le seguía
                    intrigando y preocupando, y muchos compañeros judíos habían
                    sido obligados a dejar la universidad. Marchó a tiempo, y lo sabía.
                    Excepto Amaldi y D'Agostino, que no pudieron salir de Italia con
                    sus familias, pronto le seguirían otros ragazzi. De hecho, Segre le
                    precedió, aprovechando una estancia en Berkeley con Lawrence,
                    en el verano de 1938, difundido ya el Manifesto della ra.zza, para
                    quedarse en California tras aceptar una oferta del mismo Lawrence.
                    Pontecorvo, judío, no regresó de París, donde seguía trabajando
                    con Irene Curie y Frédéric Joliot, y permaneció allí hasta que Ale-
                    mania invadió Francia; entonces, tras pasar por España, voló a Es-
                    tados Unidos. Enjulio de 1939, Rasetti aceptó una plaza en Canadá,
                    en la Universidad de Laval. Mientras tanto, Amaldi se debió enrolar
                    durante dos años en las fuerzas am1adas italianas y poste1ionnente
                    fue el encargado de mantener viva la llama de la física que Corbino
                    y Fermi habían prendido en el corazón de Italia.
                        Como es habitual, el día del aniversario de la muerte de Al-
                    fred Nobel, el 10 de diciembre de 1938, Femü recogió el premio
                    Nobel de Física. Por si quedaba alguna duda, la ceremonia acabó





         90         EL PROYECTO MANHATTAN
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