Page 157 - Desde los ojos de un fantasma
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Sin mucho ánimo, Juan Pablo se puso a revisar con la mano libre. Nada más

               tocar la cazadora la alegría se apoderó de su expresión: de un tirón sacó la
               prenda y la comenzó a acariciar como si de una mascota se tratara.

               —Pobrecilla, ha sufrido mucho.


               —La encontré colgada del farol de la entrada antes de que me atrapara ese
               hombre tan sin gracia.


               —¿Te hizo daño?


               —No. Solo me pidió que subiera sin llamar la atención de la gente. No entiendo
               bien qué es lo que quieren los de Smileys. ¿Por qué nos secuestraron?


               —Me exigieron que grabara un disco con ellos.


               —Eso está muy bien, ¿no? —preguntó Sara confundida.


               —El problema es que no quieren que cante mis fados.


               —Pero si tus fados son muy bonitos.

               —Lo que ellos quieren es estandarizar las ideas —comenzó a explicar Juan
               Pablo—. Que todos escuchen las mismas cosas. Que todos piensen igual. Les

               encantaría que el mundo estuviera construido con piezas idénticas y
               desmontables…


               —…y de plástico —completó Sara la idea de su amigo.

               —¡Exacto! Ciudades de plástico, sonrisas de plástico y, lo más peligroso, ideas
               de plástico. ¿Has escuchado a los Smileys?


               —¡Son espantosos! —exclamó la pequeña.


               —Pues ese horrible grupo funciona como la avanzada de un ejército. Solo que en
               lugar de balas disparan sonrisas venenosas.


               Sara y Juan Pablo se quedaron callados. Se sentían impotentes ante el avance de
               la amenaza de los Smileys. Junto a ellos la estatua de Pessoa, ensimismada,
               también se notaba incómoda por todo lo que estaba sucediendo.
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