Page 31 - Princesa a la deriva
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—¿Y si hay ratas, murciélagos y otras alimañas?
—Tú te encargas de espantarlos.
La princesa dio unos pasos hacia el fondo de la cueva.
—Espera, no te vayas, te voy a perder —gritó el aya.
Al rato, la niña regresó.
—Es una cueva inmensa, y al fondo hay una pequeña luz. Ven, vamos hacia allá,
dame la mano.
Por más que se dirigían hacia la luz, esta parecía siempre estar lejos de ellas.
Caminaron un largo rato hasta llegar al lugar de donde provenía. Allí se
detuvieron y miraron hacia arriba. La bóveda de la cueva era enorme, a muchos
metros de altura. Un agujero al centro permitía el paso del sol. La princesa
recorrió los muros de piedra en un intento por ascender.
—Ya deja de correr como cabra de monte y siéntate un momento a comer
aunque sea una fruta —dijo el aya mientras extendía su manto para que se
sentaran.
La joven le sonrió sin hacerle caso. Había encontrado unas piedras escalonadas,
recortadas en la roca, que remontaban la pared.
—Ahorita vengo. —De inmediato saltó hasta alcanzar el primer saliente, se jaló
hacia arriba sin importarle rasgar su vestido, y con gran agilidad empezó a trepar
por el macizo de roca.
El aya, aterrada, le gritó que descendiera o podría perder el equilibrio y matarse.
La princesa la calló, no fueran a descubrirlas. El aya guardó silencio con la
mirada clavada en la niña, que se alejaba sin mostrar temor alguno. De pronto
desapareció. Por más intentos que hizo, la buena mujer no logró verla. La llamó
por su nombre pero no recibió respuesta. Quiso trepar por la pared, pero no
alcanzó a subir al primer peldaño, como lo había hecho Milá. Tuvo la certeza de
que el agujero se había tragado a la princesa. Se recriminó por haberle permitido
subir. ¿Ahora qué explicaciones les daría al rey y a la reina? Desconsolada, se
puso a llorar. Si acaso salían vivas de esta experiencia, el pirata las iba a vender
al sultán. Ensimismada en sus lamentos, el aya no se percató de que la princesa