Page 154 - El disco del tiempo
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sumergió en un baño caliente, aromatizado con hierbas.


               Dédalo esperaba el momento, inclinado sobre un agujero que llevaba a la red de
               tubos de bronce con que su ingenio había dotado de agua corriente al palacio de
               Cócalo, como había hecho con las edificaciones reales de Knossos. A través del

               dédalo de bronce vertió aceite hirviendo.

               Minos el Talasócrata, el monarca divino de la resplandeciente Creta, murió de
               forma cruel en el baño que le prepararon las hijas de Cócalo, rey de Camico, en

               la soleada Trinacria. Como era un guerrero y un rey, supo mirar de frente su hora
               final y venció el dolor para abrazar las sombras, sin que del cerco de sus dientes
               se escapara un gemido.


               Los cretenses, asombrados, reconocieron el desfigurado cadáver de su rey y
               abrumados de pesar le hicieron las honras fúnebres y depositaron sus restos en el
               templo de Afrodita, que se convirtió en lugar de peregrinación, hasta que un
               tirano de Trinacria puso los huesos de Minos en un barco en forma de creciente
               lunar, para retornarlos a Creta.
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