Page 721 - Las enseñanzas secretas de todos los tiempos
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muchos empujaban a los demás para impedírselo. C. R. C. no albergaba ninguna
esperanza de salvarse, pero de pronto la cuerda se balanceó hacia él; la aferró y fue
elevado del calabozo. Una anciana llamada la «matrona antigua» escribía en un libro
amarillo dorado los nombres de los que habían salido y cada uno de los redimidos
recibió como recuerdo un trozo de oro con el símbolo del sol y las letras D L S. Como
C. R. C. se había hecho daño mientras se aferraba a la cuerda, tenía dificultades para
andar. La anciana le dijo que no se preocupase, sino que diese gracias a Dios, que le
había permitido llegar a una luz tan elevada. Entonces sonaron las trompetas y
C. R. C. despertó, pero el sueño había sido tan vívido que le seguían haciendo daño
las heridas recibidas mientras dormía.
Con su fe renovada, C. R. C. se levantó y se preparó para el matrimonio
hermético. Se puso una chaqueta de lino blanco y se pasó una cinta roja en diagonal
sobre los hombros. Se puso cuatro rosas rojas en el sombrero y para comer llevaba
pan, agua y sal. Antes de salir de su casita, se arrodilló y juró que dedicaría al servicio
de su prójimo todo el conocimiento que le fuera revelado. A continuación, se marchó
de su casa alegremente.
El segundo día
Cuando se internó en el bosque que rodeaba su casita, a C. R. C. le pareció que toda
la naturaleza se había preparado jubilosamente para la boda. Continuó cantando con
alegría hasta llegar a un brezal verde en el que había tres cedros inmensos, de uno de
los cuales colgaba una placa con una inscripción que describía los cuatro caminos que
conducían al palacio del rey: el primero era corto y peligroso: el segundo, sinuoso; el
tercero, un camino agradable y espléndido, y el cuarto, solo adecuado para cuerpos
incorruptibles. Cansado y perplejo, C. R. C. decidió descansar; cortó una rebanada de
pan y, cuando estaba a punto de comérsela, una paloma blanca se la pidió. De
inmediato la paloma fue atacada por un cuervo y, al intentar separar las dos aves, sin
darse cuenta C. R. C. corrió una distancia considerable por uno de los cuatro caminos:
el que conducía hacia el sur. Un viento tremendo le impidió volver sobre sus pasos,
conque el invitado a la boda se resignó a perder su pan y siguió por el camino hasta
que atisbó a lo lejos una puerta enorme. Como el sol ya se ponía, se apresuró a llegar
al portal, sobre el cual, entre otras figuras había una placa con las palabras Procul hinc
procul ite profani [191] .
Un guardián con un hábito color celeste pidió a C. R. C. su carta de invitación y, al