Page 722 - Las enseñanzas secretas de todos los tiempos
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recibirla,  le  pidió  que  entrara  y  adquiriese  un  distintivo.  Tras  describirse  como

  hermano de la Rosa Cruz, C. R. C. recibió, a cambio de su botella de agua, un disco
  dorado con las letras S C. Como se acercaba la noche, el viajero se apresuró a llegar a

  la  segunda  puerta,  custodiada  por  un  león  y  de  la  que  colgaba  un  cartel  con  las

  palabras Date  et  dabitur  vobis           [192] ,  donde  presentó  una  carta  que  le  había  dado  el

  primer guardián. Al rogársele que adquiriera un distintivo con las letras S M, entregó

  su paquetito de sal y a continuación se apresuró a llegar a las puertas del palacio antes
  de que las cerraran con llave durante la noche.

       Mientras  C. R. C.  se  acercaba,  una  hermosa  virgen  llamada  Virgo  Lucífera  iba

  apagando las luces del castillo, de modo que entró justo a tiempo entre las pumas que
  se  cerraban.  Como  al  cerrarse  estas  quedó  enganchado  parte  de  su  abrigo,  se  vio

  obligado a dejarlo. Allí escribieron su nombre en el librito de vitela del novio y le

  entregaron un par de zapatos nuevos y también un distintivo con las letras S P N. A

  continuación,  unos  pajes  lo  condujeron  a  una  pequeña  cámara,  donde  unos
  peluqueros invisibles le cortaron de la coronilla sus «rizos grises como el hielo», tras

  lo cual lo hicieron pasar a una sala amplia en la que estaban reunidos una cantidad

  considerable de reyes, príncipes y plebeyos. Cuando sonaron las trompetas, cada uno

  se sentó a la mesa y ocupó el puesto que le correspondía según su dignidad, de modo
  que  C. R. C.  se  sentó  en  un  asiento  muy  humilde.  Como  la  mayoría  de  los

  seudofilósofos presentes eran hipócritas el banquete se transformó en una orgía, que,

  no  obstante,  se  interrumpió  de  repente  cuando  comenzó  a  sonar  una  música
  majestuosa e inspirada. Durante casi media hora nadie habló. Entonces se abrió con

  gran estruendo la puerta del comedor y entraron miles de velas encendidas sujetas por

  manos  invisibles  Les  seguían  los  dos  pajes  que  iluminaban  a  la  hermosa  Virgo
  Lucífera, que iba sentada en un trono que se movía solo. Entonces, la virgen, vestida

  de  blanco  y  oro,  se  puso  de  pie  y  anunció  que,  para  evitar  que  entraran  a  la  boda

  mística las personas que no eran dignas, al día siguiente se instalaría una balanza en la

  que se pesaría a cada invitado para determinar su integridad. Los que no estuvieran
  dispuestos  a  pasar  por  aquella  prueba,  agregó,  debían  quedarse  en  el  comedor.

  Entonces  se  retiró,  pero  muchas  de  las  velas  se  quedaron  para  acompañar  a  los

  invitados a sus habitaciones para pasar la noche.

       La mayoría de los presentes eran tan presuntuosos como para creer que podían
  pesarlos  sin  problemas,  pero  nueve  de  ellos  —incluido  C.  R.  C.—  eran  tan

  conscientes  de  sus  defectos  que  temían  el  resultado  y  permanecieron  en  el  salón,

  mientras a los demás los conducían a sus dormitorios. A aquellos nueve los ataron
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