Page 136 - DERECHO INDÍGENA Y DERECHOS HUMANOS EN AMÉRICA LATINA (1988)
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de Sudamérica -CISA- desde 1980; el Consejo Internacional de Tratados Indios,
                  desde 1977. A la vez, han tenido sus propias reuniones y en países tan disímiles
                  como Canadá (1975). Suecia (1977), Australia (1980), México (1984), Panamá
                  (1985), Perú (1987), entre otros. El planisferio se les hace familiar y lo utilizan.

                         Los dos efectos anteriores, que se consideran positivos, han ido
                  acompañados por la aparición de un grupo de supuestos voceros autorizados de
                  organizaciones, que se han afincado en  Canadá, Estados Unidos, Francia o
                  Alemania que, con base en un discurso radical altamente ideólogizado y jugando
                  con "la mala conciencia cristiana occidental" de algunos sectores sociales,
                  obtienen apoyos y recursos para movimientos indígenas inexistentes en América
                  Latina. Estos dirigentes con sus declaraciones en ámbitos internacionales han
                  llevado a errores de apreciación y a magnificar la influencia social real de algunos
                  de los autodenominados movimientos; estas distorsiones se expresan en
                  posiciones, tomadas por no indígenas, más  viscerales que analíticas, lo que ha
                  fragmentado los apoyos de grupos solidarios con las causas de los grupos étnicos.

                         El tema de las dirigencias y, por lo tanto, el de la representatividad en los
                  movimientos y organizaciones indígenas no está exento de tensiones. Las
                  dirigencias tradicionales de los grupos indígenas en América Latina han ejercido el
                  poder político dentro de un espectro que va desde posiciones de extremo
                  autoritarismo, en las cuales se está para mandar y no para cumplir un mandato, a
                  las de poder laxo, otorgadas por el consenso grupal con el  objeto de articular
                  sectores y fracciones manteniendo la unidad. El primer caso se encuentra
                  generalizado entre las poblaciones indígenas campesinas del cordón andino y en
                  Mesoamérica. Mientras que el segundo corresponde, básicamente, a poblaciones
                  selváticas y del bosque. En ambos casos y en todas las combinaciones, el poder
                  político está acompañado de un correlato  religioso que puede suplir al primero
                  (como es el caso, entre otros, de la Pay-Tavitera). Las dos formas extremas de
                  ejercicio del poder político coinciden, en muchos casos, con la existencia o no de
                  una estructura estatal anterior a la relación con Occidente. Por ejemplo: la actual
                  comunidad náhuatl es de estructura vertical y su antecedente es el Estado azteca
                  y lo mismo ocurre con quechuas y aymarás, mientras que entre los maxacalí,
                  yanomami, ye'cuana, y otros grupos amazónicos, la estructura de poder es
                  horizontal y articuladora y su antecedente es la no existencia del Estado. En este
                  amplio panorama, el surgimiento de las nuevas organizaciones etnopolíticas, las
                  autoridades tradicionales se ven obligadas a refuncionalizar su papel o entrar en
                  una situación de enfrentamiento con las nuevas dirigencias.

                         Hasta ahora hay pocos casos en que los dirigentes tradicionales pasen a
                  ser, a su vez, jefes políticos de las organizaciones emergentes como es el caso,
                  por ejemplo, de las Asambleas de Jefes Indígenas (Brasil); pero, cuando en este
                  país se estructura la Unidad de Naciones Indígenas -UNI-, los representantes de
                  esta nueva instancia son delegados jóvenes, que ya no recorren el camino
                  tradicional de acceso a las jefaturas.  También es el caso que presenta la
                  Federación Indígena de Puerto Ayacucho (Venezuela), en donde los líderes
                  tradicionales siguen  siendo los portavoces indiscutidos, aunque misioneros y




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