Page 181 - Egipto Tomo 1
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MEMPHIS. LAS PIRAMIDES 167
En las primeras horas de la mañana el coche, arrastrado por briosos y ligeros caballos.
atra\iesa rápidamente
y con grande estrépito el puente de hierro que enlaza el Cairo á
la lindísima isla de Gezireh, que al cabo de breves instantes queda á la espalda, lo mismo
que su castillo famoso y el brazo del rio que lame sus cimientos por la parte del Sud.
Seguimos adelante marchando á lo largo de un arrecife trazado en línea recta v perfectamente
conservado, que sombrean a uno y otro lado los frondosos lebaks, y saludamos al paso
el castillo y los jardines que en Gizeh tiene el Virey, que rodeados de elevadísima cerca
á nuestra izquierda se distinguen. La verdura de los campos, cruzados de canalizos, regocija
el aire fresco
el ánimo: una tenue, azulada neblina flota sobre las regiones del poniente:
y perfumado es de una pureza y trasparencia tales cual sólo en Egipto puede encontrarse
en los meses de invierno. El velo de nieblas que flotan sobre
el horizonte va disipándose
paulatinamente y al par se ofrecen á nuestras miradas cual enormes triángulos, perfecta-
mente determinados,
las
las ya cercanas y majestuosas pirámides. Pasa un instante y
nubes se cierran de nuevo; y aquí y allá contemplamos ora un rebaño de búfalos, ora una
bandada de garzas reales, aquí un pelícano solitario, al cual podría derribar fácilmente una
bala disparada de nuestro carruaje, allá grupos de labriegos que medio desnudos ocúpanse
en las labores del campo, más lejos las aldeas y villorrios establecidos á corta distancia
del camino. De repente remóntanse por los aires dos águilas blancas, y siguiendo con
los ojos su vuelo, por los azulados fragmentos que entre las nubes distinguimos, compren-
demos que las nubes se van disipando, hasta tanto que al cabo de breves instantes los
rayos del sol, en todo su esplendor, bañan por completo la llanura dilatada. Es la hora
aquella en que, en tiempo de los faraones, reunidos los sacerdotes ante la puerta de los
templos, entonaban himnos de reconocimiento al dios de la luz que aparecía bajo la forma
de Horo niño', después de haber vencido, derribado, y puesto en fuga, pero no muerto
y anonadado á Set, el enemigo de su padre, la oscuridad y sus cómplices, las nubes
y las nieblas. Cesaba la lucha en tanto duraba el dia, comenzando de nuevo en las
últimas horas de la tarde, en que terminaba, en detrimento del dios luminoso, que á su
vez se retiraba al mundo inferior, para alcanzar nueva victoria al amanecer del nuevo
dia. «El hijo es el padre de los humanos.» El garzón Horo convirtióse en Ra, el poderoso
dios del sol.
El dia era esplendente y caluroso: las pirámides se ofrecían ante nosotros con todas
las degradaciones que han experimentado en el transcurso de millares de años. Los
caballos moderan su rápida carrera: pues el camino se levanta en cuesta, cerrado á ambos
lados por elevadas paredes, nueva defensa contra el segundo poder de aquel dios que
tiene á sus órdenes las tinieblas: las arenas del desierto enemigo de la vida. Donde reina
la soledad, ejerce su imperio, mas donde brilla el agua y el suelo verdeguea, allí imperan
Osiris y su ciclo de dioses: doquiera alcanza el agua del desierto, surgen las plantas y los
árboles. El mito lo expresa : Osiris después de haber estrechado entre sus brazos á la esposa
de Set, dejó abandonada en su lecho, la corona de verde trébol que ceñía sus sienes.