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una colina, en cuya cima se encontraba uno de los batallones de la división Ayerza, cuando vi que
los chilenos habían efectivamente penetrado por ese claro desguarnecido y nos atacaban de
revés. Entonces dije al Dictador: “Los chilenos están detrás de nuestra línea y nos atacan por
la espalda”. El Dictador miró atónito y sin decir palabra, dio vuelta a su caballo y partió hacia
Chorrillos…”
Mientras las tropas de Ayarza combatían esforzadamente envié a uno de mis ayudantes a solicitar
del coronel Suárez, que mandaba la reserva y se encontraba a retaguardia, que acudiera en nuestro
apoyo y tratara de contener al enemigo que avanzaba sin mayor obstáculo por el boquete
desguarnecido, Suárez me mandó decir, en respuesta, que no podía acudir a mi llamamiento
por haber recibido orden del dictador de retirarse a Chorrillos. Continuaba, entre tanto, la lucha
en el ala derecha y el fuego se generalizaba en toda la línea. Ya no era posible sustraer ninguno de
los batallones que tomaban parte en la refriega para oponerlo al avance del enemigo.
Dejando a Ayarza que sostuviera la derecha, me encaminé hacia el centro de la línea, defendida por
la división Pereira y con la cual estaba la artillería. Dispuse que ésta intensificase el fuego sobre las
tropas enemigas que avanzaban por el frente, y ordené a Pereira que se sostuviera allí, haciendo
que sus soldados se tendieran en tierra detrás de los montículos de arena formados en el cerro, a fin
de hacer mejor puntería sobre el contendor, presentándole a la vez menos blanco.
En seguida me dirigí a la izquierda, defendida por el coronel Lorenzo Iglesias, y al llegar encontré
que sus tropas habían sido abatidas completamente, por no haber ocupado las posiciones que le
indiqué contrariando mis órdenes. El enemigo había rebasado la extrema izquierda del sector,
formada por el batallón Ayacucho.
Encaminándome nuevamente hacia la derecha, se me dio parte que la división Ayarza había sido
derrotada, tras dura e intensa pugna, y muerto heroicamente su valiente jefe.
Así pues, en menos de tres horas-desde el alba hasta cerca de las nueve-nuestra línea había sido
totalmente destrozada por el enemigo.
Me encontraba ya sin soldados y solamente acompañado de mis ayudantes sobre una pequeña
colina, donde mi presencia carecía ya de objeto, y además, casi rodeado por tropas enemigas que,
en esos momentos, ocupaban la hacienda San Juan, afluyendo por uno y otro lado, después de
haber dispersado también a Dávila, que constituía el ala izquierda de nuestra extensa y débil línea
de defensa.
LDdA “EL COMANDANTE” | ENERO – FEBRERO - MARZO | AÑO 11 N° 39 42