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Encapsulada

             Tenía catorce cuando creí que estaba enamorada y, lejos de que eso fuera verdad y muy
       lejos de un cuento romántico tuve la mala experiencia de vivir siete años encapsulada en ideas y
       argumentos que no sabía que yo podía derribar. No sabía que yo podía decidir dejar de vivirlos.
             Un 8 de diciembre de 1991 me fui de mi casa para formar mi ¿dulce hogar?, sólo tenía
       catorce años y creí que ya era una “señora” porque estaba embarazada de mi hija mayor. Su padre
       tenía entonces 18 años y era El hombre “Macho” que nos cuidaría. Al pasar el tiempo, por más
       que mis esfuerzos eran muchos, nunca eran suficientes para dejar de ser una inútil, infeliz, inservi-
       ble y más. No recuerdo cuál fue el motivo porque el que lo hice enojar una vez y entonces terminé
       tirada en el piso toda golpeada y marcada por un cinto. Pasa que yo debería haberme callado cuan-
       do me lo pidió, entonces ahora debería bancarme las consecuencias porque fui yo la culpable. Pero
       ya pasaría, porque a veces el amor era dolor. Así me lo explicaba, entonces para mí era así, total él
       me amaba y como yo era una señora que ya no dependía de mis padres, “era lo que a mí me toca-
       ba”. “Casado, casa quiere”, decían, ahora a aguantársela y yo me lo creía porque (como lo decían
       en su entorno), NADIE me quería ya, pues el día que me fui, en mi casa de crianza no me recibie-
       ron devuelta. Entonces, volví, porque NO TENÍA A NADIE y me lo creí siete años.
             Madre de tres hijos con 19 años, después de tantas vivencias , repetibles golpes y palabras
       que por un tiempo marcaron tan fuerte mi vida, un solo día más viví golpes, pero ellos serían los
       últimos… miré a mis hijos dormidos en sus camas y me pregunté qué sería de ellos si me moría.
       Entonces me armé de valor y le pegué, logré darle un buen golpe en sus partes íntimas y, aunque
       más se enojó, eso le había dolido y dejó de pegarme. La siguiente actitud que tuvo fue el punto
                                                      final, ya que lo vi sentir satisfac-
                                                      ción  por  lo  que  había  hecho,
                                                      prender un cigarro y recostarse a
                                                      descansar.  Se  durmió.  Entonces
                                                      ideé  un  plan  con  ayuda  de  mis
                                                      vecinos,  que  me  escondieron  un
                                                      bolso con ropa. Entonces, cuando
                                                      despertó  y  se  fue  a  trabajar,  me
                                                      fui con mis hijos de la casa y lo
                                                      denuncié  por  primera  y  única
                                                      vez.
                                                      Me costó año sanar mi identidad,
                                                      mis emociones, confiar de nuevo.
                                                      No  fue  preso,  sólo  logré  que  lo
                                                      saquen  de  mi  casa  y  quedarme
                                                      allí  con  mis  hijos.  Todos  supie-
                                                      ron la verdad que yo callé en esos
                                                      siete años.
                                                            La violencia no sólo fue-
                                                      ron los golpes que me dio, sino lo
                                                      dañada que quedó mi integridad,
                                                      mi  cabeza,  esos  malditos  argu-
                                          20          mentos que logré derribar porque
                                                      se  habían  hecho  fuertes  en  una
       mentalidad “encapsulada” que creía todo lo que vivía como si hubiese que resignarse, porque eso
       era la vida.
                                                           Sofía Infante (6to 2da TT).
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