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Historia social de  la  literatura y  el  arte







                mara encuentra su hogar,  en vez de en los salones aristocráticos, en



                los hogares burgueses.  Los amplios estratos sociales que participan


                de  modo  siempre  creciente  en  las  reuniones  musicales  exigen  no


                obstante una música más fácil, más sugestiva y menos complicada.



                Esta  exigencia  favorece  de  antemano  la  aparición  de  formas  más


                breves,  más  recreativas  y  más  variadas,  pero  conduce  al  mismo


                tiempo a la división de la producción en una música seria y otra de


                entretenimiento.  Hasta ahora,  las composiciones destinadas a fines



                recreativos  no  se  distinguían  cualitativamente  de  las  otras;  había,


                naturalmente,  obras  de  muy  distinta calidad,  pero  esta diferencia



                no correspondía en modo alguno a su diversa finalidad. La genera­


                ción siguiente a la de Bach y Hándel, como sabemos, estableció ya


                una diferencia entre la composición para deleite del propio autor y


                la producción destinada  al público;  pero ahora ya se  hace  una dis­



                tinción  incluso  entre  las  distintas  categorías  de  público.  En  las


                obras  de  Schubert  y  Schumann  se  puede  hacer  ya  una división  de


                este  tipo  233;  en  Chopin  y Listz,  la consideración para con  la parte



                del  público  menos  exigente  musicalmente  influye  en  cada  una  de


                las  obras por así decirlo;  y en Berlioz y Wagner esta consideración


                llega a una coquetería manifiesta. Cuando Schubert declara que  no


                conoce una música  «alegre», parece como si quisiera defenderse de



                antemano  contra el  reproche de  frivolidad;  pues  desde  el romanti­


                cismo toda jovialidad parece tener un carácter superficial y frívolo.


                La combinación de la ligereza más  descuidada con  la seriedad  más



                profunda, del juego más arrogante con el más alto y más puro ethos


                que glorifica toda  la existencia, que  se da todavía en  la música de


                Mozart,  desaparece;  en  lo sucesivo todo  lo serio y  sublime adopta


                un  carácter sombrío  y preocupado.  Basta comparar el  expresionis­



                mo  convulsivo  de  la música  romántica  con  la  humanidad  de  Mo­


                zart,  jovial,  clara y  libre de  todo  misticismo,  para darse  cuenta de


                lo que se ha perdido con el  siglo XVIII.



                          Las  concesiones  ai  público  ocasionan  al  mismo  tiempo  en  el


                romanticismo una acentuada desconsideración y arbitrariedad de la


               expresión.  Las  composiciones  se  vuelven  más  consciente  y  capri-








                          23> Alfred  Einstein, Music in tbe Romantic Era,  1947, pág,  39-





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