Page 215 - El cazador de sueños
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restos por todo el perímetro. El Blue Boy (que de azul no tenía nada) había encallado
           al final de la ciénaga, que estaba limitada por un farallón. Parte considerable de su
           borde curvo estaba enterrada en el barro. La tersa superficie del casco había quedado

           sembrada de grumos de tierra y trozos de árboles.
               Los grises que seguían con vida se repartían alrededor, casi todos en montículos
           cubiertos de nieve, bajo el borde inclinado de su nave. Con sol habrían estado a la

           sombra de la nave accidentada; aunque era evidente que para una persona, más que
           nave  accidentada,  era  un  caballo  de  Troya.  Desnudos  e  inermes,  sin  embargo,  los
           grises supervivientes no parecían muy peligrosos. «Unos cien», había dicho Kurtz,

           pero ahora quedaban menos. Owen hizo cálculos y lo dejó en sesenta. Vio un mínimo
           de doce cadáveres en estado variable de descomposición y enrojecimiento, todos en
           montículos  nevados.  Había  unos  cuantos  que  tenían  hundida  la  cara  en  la  lámina

           superficial de agua negra. También había varias manchas rojizas del llamado hongo
           de Ripley, que contrastaban mucho con la nieve. Sin embargo, al llevarse a los ojos

           los prismáticos y mirar por ellos, Owen se dio cuenta de que no tenían todas el mismo
           color  vivo.  Algunas  se  habían  apagado  por  efecto  del  frío,  la  atmósfera  o  ambas
           cosas. No, no les era propicio el ambiente; ni a los grises ni al hongo que habían
           traído.

               ¿Propagarse eso? Le pareció imposible.
               —¿Blue Boy Leader? —preguntó Conk—. ¿Me oyes?

               —Sí, pero calla un momento.
               Owen se inclinó, metió la mano debajo del codo del piloto (Tony Edwards, buen
           elemento) y cambió el botón de la radio al canal común. No se le pasó por la cabeza
           la mención de Kurtz a Bosanski Novi. Tampoco se le pasó por la cabeza que pudiera

           estar cometiendo una equivocación gravísima, ni que pudiera haber subestimado en
           grado sumo la locura de Kurtz. Lo cierto fue que hizo lo que hizo casi sin pensar. Más

           tarde, en todo caso, al repasar los hechos y analizar el incidente no una sino repetidas
           veces,  se  lo  pareció.  Un  simple  botón.  Por  lo  visto  no  hacía  falta  nada  más  para
           cambiarle la vida a una persona.
               Era una voz fuerte y nítida, una voz que no reconocería ninguno de los chavalotes

           de  Kurtz.  Walter  Cronkite  pertenecía  a  otra  época.  «…  fección.  //  Il  n'y  a  pas
           d'infection ici». Dos segundos, y después una voz que podía ser perfectamente la de

           la propia Barbra Streisand. «Ciento trece. Ciento diecisiete. Ciento diecinueve.»
               En un momento dado, Owen se fijó en que habían empezado a contar otra vez los
           números primos desde el uno. En el autobús, yendo hacia el súper de Gosselin, las

           voces habían llegado a números primos muy altos de cuatro cifras.
               «Nos estamos muriendo —dijo la voz de Barbra Streisand—. On se meurt, on
           crève.» Pausa, y luego la voz de David Letterman: «Ciento veintisiete. Ciento…»

               —¡Ya vale! —exclamó Kurtz. Se conocían desde hacía muchos años, pero era la




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