Page 217 - El cazador de sueños
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           Kurtz se irguió en el asiento del Kiowa. El día era gris, con poca luminosidad, pero él
           se había puesto las gafas de sol. Aun así, Freddy, el piloto, seguía sin atreverse a

           mirarle  más  que  de  reojo.  Eran  gafas  curvadas,  de  modernillo,  gafas  que  una  vez
           puestas impedían ver dónde miraba el jefe. Del ángulo de su cabeza mejor no fiarse.
               En  las  rodillas  de  Kurtz  estaba  el  Derry  News  (con  el  titular  PÁNICO  EN

           JEFFERSON  TRACT  POR  UNA  SERIE  DE  LUCES  MISTERIOSAS  Y
           CAZADORES DESAPARECIDOS). Kurtz lo cogió y lo dobló con cuidado. Se le

           daba  muy  bien  la  papiroflexia,  y  en  breve  el  Derry News  tomaría  la  forma  de  un
           sombrero. Seguro que Underhill preveía enfrentarse con alguna medida disciplinaria
           (impuesta  por  el  propio  Kurtz,  puesto  que  se  trataba  de  una  operación  secreta,  al
           menos en lo que iba de misión), después de lo cual se le daría otra oportunidad. Por lo

           visto  no  se  daba  cuenta  de  que  acababa  de  desperdiciar  la  segunda.  (Quizá  fuera
           preferible, porque así no estaría sobre aviso ni a la defensiva.) Kurtz nunca le daba

           dos oportunidades a nadie, y se arrepintió de haber hecho una excepción con Owen.
           Se  arrepintió  como  de  pocas  cosas  en  la  vida.  Eso  de  que  Owen  le  saliera  con
           semejante  jugadita  después  de  la  conversación  en  el  despacho  de  la  tienda…
           Habiéndole avisado explícitamente…

               —¿Quién da la orden? —dijo la voz de Underhill por el canal privado de Kurtz,
           entre chisporroteos de estática.

               Kurtz estaba sorprendido y un poco consternado por la intensidad de su ira. Nacía
           esta,  en  primer  lugar,  de  la  mera  sorpresa,  la  emoción  más  sencilla,  la  que
           experimentan los bebés antes que cualquier otra. Lo de poner a los grises por el canal
           del  escuadrón  había  sido  un  golpe  inesperado.  Owen  sólo  quería  saber  si  seguían

           diciendo  lo  mismo  de  antes.  ¡Y  un  cuerno!  Que  se  metiera  el  cuento  por  el  culo.
           Owen tenía muchos puntos para ser el mejor segundo que había tenido Kurtz en toda

           su carrera, una carrera larga y complicada que se remontaba a Camboya y los años
           setenta, pero daba igual, porque Kurtz se lo iba a cargar. ¿Por qué? Por la jugarreta de
           la  radio.  Porque  Owen  no  aprendía.  Ni  en  Bosanski  Novi  había  sido  cuestión  de

           niños, ni ahora de voces. No se trataba de seguir órdenes, ni de cuestión de principios.
           Se trataba de la línea. La suya, la de Kurtz.
               Sin olvidar el «señor».

               Aquel «señor» engolado de mierda.
               —¿Jefe? —Ahora la voz de Owen traicionaba una pizca de nerviosismo, y con
           razón— ¿Quién da…?

               —Freddy, ponme por el canal común —dijo Kurtz.
               Una ráfaga de viento imprimió una sacudida al Kiowa, que era mucho más ligero
           que los helicópteros de combate. Kurtz y Freddy no se inmutaron. Freddy efectuó la



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