Page 218 - El cazador de sueños
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conexión.
               —A  ver,  a  ver,  un  poco  de  atención  —dijo  Kurtz,  mirando  la  hilera  de  cuatro
           helicópteros que parecían cuatro libélulas sobrevolando los árboles.

               Tenían delante el pantano y el platillo, enorme, inclinado y de color de perla, bajo
           cuyo borde de popa se resguardaban los supervivientes de la tripulación.
               —Escuchad, que papaíto os va a echar un sermón. ¿Me oís? Contestad.

               «Sí, sí, afirmativo, recibido» (con algún que otro «señar», pero no pasaba nada,
           porque no era lo mismo despiste que insolencia).
               —Yo, chicos, no soy orador, ni me gano la vida hablando, pero os aviso de que

           aquí no hay que fiarse para nada, repito, para nada, de lo que se ve con los ojos. Lo
           que  veis  son  unas  seis  docenas  de  humanoides  grises,  sin  distinción  de  sexos,  al
           menos que se vea, y en pelotas, como Dios los trajo al mundo. No sé si todos, pero

           algunos seguro que decís: «¡Pobre gente, desnudos y sin armas, sin pollas ni chochos
           para pasar el rato, y pidiendo clemencia al lado de su trasto intergaláctico, que se les

           ha  estrellado!  ¿Qué  perro,  qué  monstruo  sería  capaz  de  oírles  suplicando  y  atacar
           igualmente?» Pues para que lo sepáis: el monstruo soy yo; yo, Abraham Peter Kurtz,
           oficial retirado de la fuerza aérea, número de serie 241771699, por si le interesa a
           alguien, y estoy al frente de este ataque. En esta escabechina, el que manda soy yo.

               Respiró hondo con la mirada fija en los helicópteros, que no se movían.
               —Ahora, chicos, que os digo una cosa: los grises llevan dándonos la lata desde

           finales de los cuarenta, yo a ellos desde finales de los setenta, y os puedo decir que
           cuando te viene alguien con las manos levantadas diciendo que se rinde, no tienes
           ninguna garantía de que no lleve medio litro de nitroglicerina escondido en el culo.
           Otra cosa: casi todos los cerebrines que estudian estos temas, los grandes asesores,

           los  expertos,  dicen  que  los  grises  llegaron  después  de  que  empezáramos  a  tirar
           bombas atómicas y de hidrógeno, como insectos a una bombilla encendida. Yo no lo

           sé, porque no me dedico a pensar (eso se lo dejo a los sabelotodos), pero tengo buena
           vista, y os digo yo que los cabrones de los grises tienen tanto de inofensivos como un
           lobo  en  un  corral.  Con  tantos  años  hemos  ido  cogiendo  algunos,  pero  no  han
           sobrevivido. Al morirse se les descompone deprisa todo el cuerpo y se convierte en lo

           mismo  que  veis  allí  abajo,  lo  que  llamáis  el  hongo  de  Ripley.  A  veces  explotan,
           literalmente, y el hongo que llevan (a menos que sea al revés, que lo principal, lo que

           mande, sea el hongo, que es lo que creen algunos cerebrines) se muere enseguida.
           Eso si no encuentra un ser vivo, repito, un ser vivo, y parece que su preferido es el
           homo sapiens, no sé si os suena. Como se te pegue algo, aunque sea un poquito en la

           uña del meñique, la has pringado.
               No era del todo cierto (de hecho ni se acercaba a la verdad), pero el soldado más
           encarnizado es el que tiene miedo. Kurtz lo sabía por experiencia.

               —Resulta, chicos, que esta gente tan simpática, estos grises, tienen telepatía, y se




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