Page 221 - El cazador de sueños
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           Owen vio que Tony Edwards se giraba la gorra para ponerse la visera en la nuca. Oyó
           que Bryson y Bertinelli preparaban las ametralladoras y comprendió lo que ocurría.

           Se les estaban encendiendo los ánimos. Él, Owen, podía hacer dos cosas: subirse al
           coche o quedarse en la carretera y que le atropellaran. Eran las únicas opciones que le
           había dejado Kurtz.

               También  había  otra  cosa,  un  recuerdo  del  pasado  remoto,  de  cuando  tenía…
           ¿ocho  años?  ¿Siete?  Quizá  hasta  menos.  Jugaba  en  el  césped  de  su  casa,  la  de

           Paducah, y ni su padre había vuelto del trabajo ni estaba su madre, que debía de haber
           ido a la iglesia baptista para preparar la sempiterna venta de pasteles. Entonces había
           llegado  una  ambulancia  y  había  frenado  delante  de  la  casa  de  al  lado,  la  de  los
           Rapeloew. No llevaba puesta la sirena, pero sí la tira de intermitentes. Dos hombres

           con un mono muy parecido al que llevaba ahora Owen se habían puesto a correr hacia
           la casa, desplegando una camilla que brillaba. Y todo mientras corrían. Parecía un

           truco de magia.
               Pasados  menos  de  diez  minutos,  volvían  a  salir  con  la  señora  Rapeloew  en  la
           camilla. Tenía los ojos cerrados. El señor Rapeloew salió después de ella y ni siquiera
           se molestó en cerrar la puerta. Tenía la misma edad que el padre de Owen, pero de

           repente  parecía  igual  de  viejo  que  su  abuelo.  Otro  truco  de  magia.  Mientras  los
           hombres  cargaban  en  la  ambulancia  a  la  señora  Rapeloew,  su  marido  miró  a  la

           derecha,  vio  a  Owen  de  rodillas  en  el  césped,  con  pantalones  cortos  y  jugando  a
           pelota, y se dirigió a él: «¡Vamos al St. Mary's Memorial! ¡Díselo a tu madre, Owen!»
           Después subió a la parte trasera de la ambulancia, que se alejó. Owen siguió jugando
           unos cinco minutos a tirar la pelota y recogerla, pero entre una cosa y otra no dejaba

           de mirar la puerta que había dejado abierta el señor Rapeloew, ni de pensar que debía
           cerrarla. Sería lo que llamaba su madre un acto de caridad cristiana.

               Acabó levantándose y yendo del césped de su casa al de la de los Rapeloew. Los
           vecinos siempre le habían tratado bien; nada del otro jueves (nada para tirar cohetes a
           las  dos  de  la  madrugada,  que  decía  su  madre),  pero  la  señora  Rapeloew  hacía

           cantidades industriales de galletas y siempre se acordaba de guardarle algunas. Eran
           muchos  los  cacharros  de  masa  de  pastel  que  había  rascado  Owen  hasta  el  último
           grumo  en  la  cocina  de  la  señora  Rapeloew,  que  era  gordita  y  siempre  sonreía.  El

           señor  Rapeloew,  por  su  lado,  le  había  enseñado  a  hacer  aviones  que  volaban  de
           verdad. De tres clases. En resumen, que los Rapeloew se merecían caridad cristiana,
           pero Owen, al entrar en casa de los vecinos por la puerta abierta, ya sabía que no iba

           por caridad cristiana. Practicar la caridad cristiana no te ponía duro el pito.
               Durante cinco minutos (claro que podían haber sido quince, e incluso media hora,
           porque el tiempo pasaba como en sueños) Owen no hizo nada que no fuera pasearse



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