Page 214 - El cazador de sueños
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Empezó a nevar menos, se despejó el día y, a los treinta y tres minutos exactos de que
se ordenara el compás de espera, Kurtz dio la señal de despegue. Owen se la
transmitió a Conklin, y volvieron a ponerse en marcha los rotores, levantando gasas
de nieve y convirtiéndose en fantasmas. Después se pusieron a la altura de las copas
de los árboles, se alinearon por detrás de Underhill (Blue Boy Leader) y volaron
hacia el oeste, en la dirección de Kineo. El Kiowa 58 de Kurtz volaba por debajo y un
poco a estribor, y Owen, de manera fugaz, se acordó de una escena de una película de
John Wayne, donde aparecía un destacamento de soldados y, al lado, un explorador
indio montado a pelo en un poni. Supuso, sin verlo, que Kurtz aún leía el periódico.
Quizá el horóscopo. «Piséis. Quédate en la cama o cometerás una infamia.»
Debajo aparecían y desaparecían los pinos y los abetos, entre vapores blancos. La
nieve giraba, chocaba en las dos ventanillas delanteras del Chinook y desaparecía.
Estaba siendo un vuelo muy accidentado (como estar dentro de una lavadora), pero
Owen lo prefería así. Volvió a ponerse los casos. Otro grupo, quizá Matchbox
Twenty. Nada del otro mundo, pero mejores que Pearl Jam. Lo que temía Owen era el
himno del escuadrón. Pero lo escucharía. Vaya si lo escucharía.
Debajo de los claros, entre las nubes bajas, vislumbres vaporosas de un bosque
que parecía infinito. Oeste oeste oeste.
—Blue Boy Leader, aquí Blue Two.
—Recibido, Two.
—Tengo contacto visual con Blue Boy. ¿Confirmado?
Al principio Owen no podía confirmarlo, hasta que pudo, y lo que vio le dejó sin
aliento. Una cosa era una foto, una imagen delimitada, algo que se podía coger con la
mano, y otra completamente distinta aquello.
—Confirmado, Two. Blue Group, al habla Blue Boy Leader. Mantengan las
posiciones actuales. Repito, mantengan las posiciones actuales.
Fueron llegando una a una las respuestas de cada helicóptero. Sólo faltaba la de
Kurtz, que sin embargo no se movió. Los Chinooks y el Kiowa se habían detenido en
pleno vuelo a lo que debía de ser poco más de un kilómetro de la nave espacial
derribada. Los separaba de ella una franja enorme de árboles medio tumbados, como
por una podadera gigante. Al final de aquella especie de camino había una zona
empantanada, con árboles muertos que arañaban el cielo blanco como si quisieran
reventar las nubes. Había zigzags de nieve derritiéndose, parte de la cual, al
mezclarse con el suelo mojado, se había puesto amarilla. En otras zonas había venas
y capilares de agua negra.
La nave, un platillo enorme de casi medio kilómetro de diámetro, había arrasado
los árboles muertos del centro de la ciénaga, haciéndolos pedazos y diseminando los
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