Page 15 - LA ODISEA
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—¿No hay por aquí libros que expliquen bien cómo deshollinar gatos?
—¿Deshollinar gatos? No, creo que no.
Ali Bey mira a la bibliotecaria con ese gesto de fastidio que los grandes genios de la humanidad
aprenden a esbozar cuando alguien les decepciona.
—Es inesperado. Vaya que lo es. ¿Y los que hablan de talar sapos?
—Hubo uno hace mucho, pero se lo llevó un sapo. Parecía muy interesado.
—¡Lo sabía!
Y Ali Bey cuenta que te cuenta cómo en su tierra natal se deshollinaban gatos a millares en una
sola noche, pero con poco oficio: los pobres gatos se aficionaron al hollín cuando la comida para
gato se hizo, bueno, incomible para un gato. Se engancharon al hollín y ya no hubo forma de
sacarlos de las chimeneas y las calles estuvieron muy tristes sin gatos. Su padre fue uno de los
principales reformadores de la ley de gatos deshollinados.
—Pero oye, ¿tú no eres de Iraq? Allí hace mucho calor como para encender chimeneas, ¿no?
Ali Bey sonríe conmiserativo a la bibliotecaria, que no parece enterarse de nada, y empieza a
contar cómo una invasión de sapos corredores dejó sin trabajo a muchos leñadores de su tierra
natal, porque los sapos eran hiperactivos y necesitaban talar lo que fuera para dejar de correr:
por supuesto los empresarios de la leña vieron una ventaja en esto, ya que los sapos trabajarían
mucho más rápido y barato que los leñadores.
—¿Y qué pasó? —ríe abiertamente la mujer de la biblioteca.
—Que se engancharon al hollín también, como los gatos.
—¿Los leñadores también? Caramba.
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