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Seguidamente, cortó ramas, colocó sobre
estas un trozo de carpa, junto leña y encendió una
hoguera. Una hora después se sentó a esperar
mientras fumaba un cigarro y bebía unos sorbos de
caña en su precario campamento.
Pasaron las horas y todos los peces que
atrapaba los devolvía como dictaba el rito. Un tirón
de una de sus líneas hizo replicar la campanilla de
alerta, esto lo saco bruscamente del sopor, con
movimientos apresurados atrapo la tanza con
fuerza y comprobó que la presa estaba
atrapada; allí se inició una lucha que se extendió
por varios minutos. En la desesperación de sentirse
prisionero, el animal dio un desesperado salto fuera
del agua y Manuel pudo ver un resplandor de cobre
y oro en sus escamas. Un sentimiento de júbilo
elevó su estima, mientras recogió al Dorado
vencido en la batalla por la libertad. Manuel repetía
las mismas palabras una y otra vez, primero como
un susurro y luego se fue elevando hasta
convertirse en un grito: “La mitad del camino está
recorrido, tengo el animal que
posee el hueso mágico, desde ahora el
boleto de ida hacia la gran cosecha de peces”.
Siguiendo estrictamente el ritual que le
expresara el anciano, obtuvo el talismán y luego
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