Page 135 - Confesiones de un ganster economico
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                         organizaciones de inteligencia estadounidenses se hallaban decididas a contrariar
                         los designios del presidente Cárter, y que si fuese necesario no titubearían en
                         sobOmar a los jefes militares panameños a fin de sabotear las negociaciones del
                         tratado. 4  No pude dejar de preguntarme si los chacales estarían rondando ya a
                         Torrijos.
                            Yo había visto una fotografía en la sección «Gente» de la revista Time, o quizá
                         fuera en Newsweek, en la que Torrijos aparecía reunido con Greene. El titular decía
                         que el escritor era un invitado especial que había llegado a ser un buen amigo. Me
                         pregunté qué le parecería al general eso de que el novelista, en quien por lo visto
                         confiaba, hubiese escrito un artículo tan crítico.
                            Este artículo de Graham Greene planteaba otro interrogante, vinculado con
                         aquel día de 1972 en que me vi cara a cara con Torrijos con una mesita y unos
                         servicios de café por medio. En aquella época yo había dado por supuesto que
                         Torrijos sabía que el juego de la ayuda externa estaba planteado para hacerle rico
                         a él mientras el país quedaba sumido en el endeudamiento. Estaba seguro de que
                         no ignoraba que el proceso se basaba en el supuesto de que todos los hombres son
                         corruptibles, y que su decisión de no lucrarse personalmente y de aplicar la ayuda
                         extranjera en verdadero beneficio de su pueblo sería considerada por algunos una
                         amenaza capaz de arruinar todo el sistema. El mundo miraba a ese hombre, y sus
                         actos tenían ramificaciones que iban mucho más allá de Panamá y por tanto no
                         serían tomados a la ligera.
                            Me había preguntado cómo reaccionaría la corporatocracia si los créditos
                         concedidos a Panamá se empleaban en beneficio de los pobres sin contribuir a una
                         deuda impagable. Ahora me preguntaba si Torrijos se arrepentiría del acuerdo
                         alcanzado conmigo aquel día —por mi parte, tampoco estaba muy seguro de
                         haber acertado. Había renegado de mi papel de gángster económico. Había
                         jugado su partida, no la mía, al aceptar su proposición de sinceridad mutua a
                         cambio de más contratos. En términos puramente económicos había sido una
                         decisión beneficiosa para MAIN. Pero de todas maneras contradecía lo que me
                         había enseñado Claudine, puesto que no favorecía la expansión del imperio
                         global. ¿Se había soltado a los chacales?
                            Recuerdo que el día que salí del bungalow de Torrijos pensé que la historia de
                         Latinoamérica abundaba demasiado en héroes muertos. Un sistema basado en
                         corromper a los personajes públicos no suele ser piadoso con los personajes
                         públicos que se niegan a ser corrompidos.
                            En ese momento creí ver visiones. Una figura conocida cruzaba la recepción a
                         paso lento. Estaba tan confuso que llegué a creer que era

























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