Page 140 - Confesiones de un ganster economico
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sur. Una vez más, lo principal de nuestra misión consistió en estudiar las
posibilidades regionales y, según resultasen los pronósticos, diseñar las
capacidades de generación eléctrica así como los sistemas de transporte y de
distribución, puesto que la energía era indispensable para impulsar el crecimiento
industrial y comercial correspondiente a aquellas predicciones.
Con el tiempo llegué a visitar la mayor parte de las regiones principales. Seguí
la ancestral ruta de las caravanas a través de las montañas del desierto, desde
Kirman hasta Bandar'Abbas. Paseé por las ruinas de Persépolis, el legendario
palacio de los reyes antiguos que fue una de las maravillas del mundo clásico. Vi
los monumentos más famosos y espectaculares del país: Shiraz, Isfahan y el
campamento de lujo alzado cerca de Persépolis para la solemne coronación del sha.
Estos viajes me hicieron concebir un profundo afecto al país y a la complejidad de
sus gentes.
A primera vista, Irán parecía un modelo ejemplar de cooperación entre cristianos
y musulmanes. No tardé en descubrir que aquella apariencia tranquila encubría
profundos resentimientos.
Una noche, en 1977, regresé tarde al hotel y cuando entré en mi habitación vi
que me habían deslizado un papel por debajo de la puerta. La firma me sorprendió.
Era de un hombre llamado Yamin. No lo conocía, pero me lo habían señalado
durante una sesión de coordinación con las autoridades como un radical notorio, y
de lo más subversivo. Con una bella caligrafía inglesa me invitaba a reunirme con
él en un determinado restaurante. Pero incluía una advertencia: que acudiese
solamente en el caso de estar dispuesto a explorar un aspecto de Irán que la
mayoría de las gentes «de mi posición» nunca llegaba a ver. Me pregunté qué idea
tendría Yamin de mi verdadera posición. Era consciente de que iba a correr un
gran riesgo. Pero al mismo tiempo, la tentación de conocer a aquel enigmático
personaje era irresistible.
El taxi me dejó delante de una puertecilla abierta en una tapia muy alta, tanto
que ocultaba por completo el edificio. Una bella iraní con una larga túnica negra
me dio la bienvenida y me introdujo en un pasillo iluminado por artísticas lámparas
de aceite que colgaban de un techo muy bajo. Al final entré en una estancia
vivamente iluminada. Era como hallarse en el interior de un diamante, su
resplandor me cegaba. Cuando por fin mis ojos se acostumbraron, vi las paredes
consteladas de piedras semipreciosas y madreperla. El restaurante estaba iluminado
por numerosos cirios blancos puestos en artísticos candelabros de bronce.
Un hombre alto, de cabello largo y negro, que lucía traje azul marino
visiblemente hecho a medida, se acercó y me estrechó la mano. Cuando Yamin
habló para presentarse, su acento me dio a entender que aquel iraní se había criado
en los mejores internados británicos, y desde luego
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