Page 143 - Confesiones de un ganster economico
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                               Confesiones de un hombre torturado





                         V   arios días después, Yamin me sacó de Teherán. El coche cruzó un barrio de

                             chabolas polvoriento y degradado, recorrió una vieja pista para camellos y
                         siguió hasta el borde del desierto. Mientras el sol se ponía detrás de la ciudad, se
                         detuvo junto a un grupo de barracas de adobe que se alzaban en medio de un
                         palmeral.
                            —Es un oasis muy antiguo —me explicó—. De muchos siglos antes de Marco
                         Polo.
                            Echó a andar hacia una de las casuchas.
                            —El hombre que vive ahí es doctor en filosofía por una de las universidades de
                         ustedes más prestigiosas. Por razones que entenderá enseguida, nuestro anfitrión
                         debe permanecer en el anonimato. Llamémosle Doc.
                            Llamó a la puerta de madera y se oyó una respuesta sofocada. Yamin empujó la
                         puerta y me hizo pasar. La estancia era pequeña, sin ventanas, alumbrada sólo por
                         un candil de aceite puesto sobre una mesa baja que se hallaba en un rincón. Cuando
                         mis ojos se habituaron a la penumbra vi que el piso de tierra estaba cubierto de
                         alfombras persas. Luego distinguí la silueta de un hombre. Estaba sentado delante
                         del candil, de manera que no se le veían las facciones. Únicamente se adivinaba que
                         estaba envuelto en mantas y tenía algo enrollado en la cabeza. Ocupaba una silla de
                         ruedas, que con la mesita era el único mobiliario de la habitación. Con un ademán,
                         Yamin me indicó que me sentara sobre una alfombra. Él se incorporó y fue a
                         abrazar al hombre con afecto, le susurró unas palabras al oído y luego fue a sentarse
                         otra vez a mi lado.
                            —Ya le hablé del señor Perkins —dijo — . Es un honor para ambos la
                         oportunidad que nos brinda de visitarle, señor.
                            —Bienvenido, señor Perkins. —Hablaba sin apenas acento discernible, en voz
                         baja y ronca. Me incliné hacia él como tratando de reducir la escasa distancia que
                         había entre ambos—. Lo que tiene delante es un hombre roto. No siempre he sido
                         así. En otro tiempo fui fuerte, como usted, y un íntimo consejero del sha, con cuya
                         confianza contaba.






















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