Page 141 - Confesiones de un ganster economico
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                         ' no me encajaba con ninguna imagen de radical subversivo. Pasamos entre las
                          mesas ocupadas por parejas que cenaban tranquilamente y me llevó a un
                          reservado en donde, según dijo, podríamos hablar con total confidencialidad. Tuve
                          la nítida impresión de que aquel restaurante servía para citas amorosas
                          clandestinas. La nuestra probablemente era la única no romántica de aquella
                          noche.
                             Yamin estuvo muy cordial. Durante nuestra conversación comprendí que había
                          visto en mí a un consejero económico sin otras segundas intenciones. Explicó que
                          me había elegido porque sabía que yo había sido voluntario del Peace Corps y
                          también le habían dicho que aprovechaba todas las ocasiones posibles para
                          familiarizarme con su país y codearme con su gente.
                             — Es usted muy joven, comparado con la mayoría de sus colegas —
                          observó—. Demuestra un sincero interés hacia nuestra historia y nuestros
                          problemas actuales. En eso reside nuestra esperanza.
                             Estas palabras, así como la situación, el aspecto del interlocutor y la presencia
                          de tantas personas en el restaurante, me tranquilizaron hasta cierto punto. Para mí
                          no era nuevo que se intentase trabar amistad conmigo, como me había ocurrido
                          con Rasy en Java y con Fidel en Panamá. Lo aceptaba como un cumplido y una
                          oportunidad. Tenía conciencia de ser distinto de otros norteamericanos; me
                          enamoraba de los lugares que visitaba. He averiguado que la gente toma confianza
                          enseguida cuando uno abre los ojos, los oídos y el corazón a su cultura.
                             Yamin me preguntó si estaba al corriente del proyecto llamado «Desierto
                          Florido». 2
                             —El sha cree que nuestros desiertos fueron en otros tiempos llanuras fértiles y
                          espléndidos bosques. Al menos, eso es lo que dice. Según su teoría, en tiempos de
                          Alejandro Magno maniobraban por estas tierras ejércitos inmensos con un séquito
                          de millones de cabras y ovejas. Los rebaños se comieron la hierba y toda la
                          vegetación. La desaparición del manto vegetal trajo la sequía y, con el tiempo, toda
                          la región se desertificó. Ahora, dice el sha, bastará repoblar plantando millones y
                          más millones de árboles. De esa manera, las lluvias volverán por arte de magia y
                          los desiertos volverán a florecer. Por supuesto, habrá que gastar miles de millones
                          de dólares en semejante operación —sonrió con aire condescendiente —. Las
                          compañías como la suya se alzarán con grandes beneficios.
                             —Me parece que no cree usted en esa teoría.
                             —El desierto es un símbolo. Convertirlo en un vergel implica mucho más que
                          agricultura.
                             Varios camareros se acercaron portando bandejas de platos iraníes bellamente
                          presentados. Tras solicitar mi permiso, Yamin procedió a elegir un surtido para los
                          dos. Hecho esto se volvió de nuevo hacia mí.























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