Page 136 - Confesiones de un ganster economico
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                         Humphrey Bogart. Pero hacía años que Bogart estaba muerto. Entonces reconocí
                         en el hombre que pasaba.de    largo a uno de los genios de la literatura
                         contemporánea en inglés. El autor de El poder y la gloria, de Los comediantes, de
                         Nuestro hombre en La Habana y del artículo que yo acababa de dejar a mi lado sobre
                         la mesita. Graham Greene titubeó un momento, miró a su alrededor y se encaminó
                         hacia la cafetería.
                            Sentí la tentación de llamarlo o de echar a correr detrás de él, pero me contuve.
                         Una voz interior me advirtió que quizá necesitaba estar a solas consigo mismo —
                         otra me dijo que tal vez me rehuiría. Recogí la New York Review ofBooksy un
                         instante más tarde me sorprendí al hallarme junto a la entrada de la cafetería. Había
                         desayunado antes y el jefe del servicio me miró con sorpresa. Miré a mi alrededor.
                         Graham Greene estaba solo, sentado a una mesa junto a la pared. Señalé la mesa
                         vecina.
                             —Allí —le dije al empleado—. ¿Puedo desayunar otra vez?
                            Como he dicho, yo siempre doy propina. El maítre sonrió con aire de
                         complicidad y me condujo a la mesa.
                            El novelista estaba enfrascado en su periódico. Pedí un café y un cruasán con
                         miel. Deseaba averiguar las opiniones de Greene sobre Panamá, Torrijos y el
                         asunto del Canal, pero no veía la manera de iniciar la conversación. Entonces él
                         alzó los ojos disponiéndose a tomar un sorbo de su vaso.
                            —Disculpe —dije.
                            El me miró algo incomodado, o así me lo pareció.
                            -¿Sí?
                            —Perdone la molestia, pero ¿usted es Graham Greene, verdad?
                            —Eso creo — sonrió él —. En Panamá no se me conoce mucho.
                            Hablando como una ametralladora le dije que él era mi novelista favorito y le
                         expuse mi curriculum, sin omitir mi trabajo en
                            MAIN ni mis reuniones con Torrijos. Él preguntó si era yo el consultor que
                         había escrito un artículo diciendo que Estados Unidos debía dejar Panamá.
                            — En el Boston Globe, si no recuerdo mal.
                            Quedé asombrado.
                            —Un texto valiente, habida cuenta de la situación de usted. ¿Quiere
                         acompañarme?
                            Me trasladé a su mesa y estuvimos como una hora y media charlando. Durante
                         la conversación me di cuenta de que le había tomado mucho afecto a Torrijos. A
                         ratos hablaba del general como un padre refiriéndose a su hijo.
                            —El general me invitó a escribir un libro sobre su país —dijo—. Estoy

























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