Page 158 - Confesiones de un ganster economico
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                        al movimiento.
                           Ya estaba dicho. Quedé completamente abatido. Creía saberlo todo de ella, pero
                        esto... Por mi mente pasó la imagen fugaz del marido que regresa a casa y encuentra a
                        su mujer en la cama con otro hombre.
                           —¿Por qué no me lo habías dicho nunca?
                           —No venía a cuento. ¿Por qué iba a hacerlo? No son cosas de las que una vaya
                        ufanándose por ahí. — Hizo una pausa—. Hace dos años que no lo veo. Tiene que ser
                        muy precavido.
                           —¿Cómo sabes que está vivo?
                           —No lo sé en realidad. Sólo sé que las autoridades han publicado su nombre en
                        una lista de buscados. Es buena señal.
                           Combatí el afán de discutir, o de tratar de justificarme. Confiaba en que ella no se
                        diera cuenta de mis celos.
                           —¿Cómo es que se unió a ellos? —pregunté. Por fortuna, ella estaba mirando su
                        taza.
                           —  Estaba en una manifestación frente a los despachos de una
                        compañía del petróleo... la Occidental, creo. Protestaban contra las
                        perforaciones en territorio indígena, en la selva de una tribu que se
                        enfrenta al exterminio. Eran él y una docena de amigos suyos. Fueron
                        atacados por los militares, molidos a palos y encerrados en la cárcel. Y no
                        habían hecho nada ilegal, fíjate, sólo plantarse delante del edificio
                        llevando carteles y cantando. —Volvió los ojos hacia la ventana más
                        próxima—. Estuvo preso casi seis meses. Nunca ha contado lo que ocurrió
                        allí, pero cuando salió estaba irreconocible.
                           Fue la primera de muchas conversaciones parecidas con Paula. Ahora sé que estas
                        discusiones prepararon el escenario para lo que iba a ocurrir después. Yo tenía el alma
                        desgarrada, pero aún me podía mucho la billetera y aquellas otras debilidades que la
                        NSA identificó cuando elaboró mi perfil diez años antes, allá por 1968. Al obligarme a
                        verlo así, al ayudarme a entender las raíces profundas de mi fascinación por los piratas
                        y los rebeldes, Paula me puso en el camino de la salvación.
                          Más allá de mi propio dilema personal, la estancia en Colombia me sirvió para
                        comprender la diferencia entre la vieja república norteamericana y el nuevo imperio
                        global. La República ofrecía una esperanza al mundo. Sus fundamentos eran morales
                        y filosóficos antes que materialistas. Se basaban en los conceptos de igualdad y justicia
                        para todos. Pero también supo ser pragmática, no un mero sueño utópico sino una
                        entidad viva, activa y magnánima. Abría los brazos a los perseguidos y les concedía
                        asilo. Fue una inspiración y, al mismo tiempo, una fuerza con la que era preciso
                        contar: en caso necesario, podía pasar a la acción, como lo hizo durante la Segunda
                        Guerra Mundial para defender los principios que representaba. Las mismas
                        instituciones que amenazan la República,   las   grandes  empresas,   la   banca  y  las
                        burocracias   gu-




















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