Page 171 - Confesiones de un ganster economico
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                           El presidente de Ecuador contra las   grandes

                                                      petroleras





                        M    i trabajo en Colombia y en Panamá me proporcionaba muchas oportunidades de
                             visitar y permanecer en contacto con el primer país extranjero que me sirvió de
                        hogar fuera de casa. Ecuador había sufrido una larga serie de dictaduras y de
                        oligarquías de extrema derecha manipuladas por los intereses políticos y comerciales
                        de Estados Unidos. En cierto modo, el país era la república bananera quintaesencia! y
                        allí la corporatocracia tenía mucho terreno conquistado.
                           La explotación petrolera de la Amazonia ecuatoriana comenzó en serio hacia finales
                        de la década de 1960 y produjo una fiebre compradora. De resultas de ella, el reducido
                        club de las familias dueñas del país quedó en manos de la banca internacional. Habían
                        arrojado sobre Ecuador un endeudamiento enorme, confiando en la promesa de los
                        beneficios del petróleo. El país se llenó de carreteras, de parques industriales, de
                        embalses hidroeléctricos, de sistemas de transporte y distribución y todavía
                        proliferaban los proyectos de más centrales generadoras. Una vez más, la verdadera
                        mina era la que encontraron las empresas de ingeniería y las constructoras.
                           Un hombre cuya estrella empezaba a ascender sobre el país andino constituía una
                        excepción a esa regla de la corrupción política y la complicidad con la
                        corporatocracia. Cerca de cumplir los cuarenta años, abogado y profesor universitario,
                        Jaime Roídos tenía carisma y don de gentes. Tuve ocasión de tratarlo varias veces y en
                        una de éstas, llevado por mi entusiasmo, me ofrecí como asesor gratuito y dispuesto a
                        tomar el avión para Quito siempre que hiciese falta. En parte, lo dije en broma, pero
                        no me habría importado hacerlo durante mis vacaciones, porque simpatizaba con él.
                        Para mí cualquier excusa era buena con tal de poder visitar su país, y así se lo dije. Él
                        rió y contestó en los mismos términos, ofreciéndome su asistencia profesional siempre
                        que me viese en la necesidad de negociar la factura del petróleo.



























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