Page 172 - Confesiones de un ganster economico
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                           Se había ganado la reputación de populista y nacionalista. Creía firmemente en los
                        derechos de los pobres y en la responsabilidad, por parte de los políticos, de
                        administrar con prudencia los recursos naturales del país. Cuando emprendió su
                        campaña para las presidenciales de 1978 llamó la atención de sus compatriotas y de
                        los ciudadanos de todos los países cuyo petróleo estuviera siendo explotado por
                        intereses extranjeros, o donde existiera un fuerte deseo de librarse de la influencia de
                        fuerzas exteriores poderosas. Como político, Roídos pertenecía al género no muy
                        abundante de los que no temen oponerse al status quo. Por eso se enfrentó a las
                        compañías petroleras y al sistema no excesivamente sutil en que éstas se apoyan.
                           Denunció, por ejemplo, una siniestra complicidad del Summer Institute of
                        Linguistics (SIL, un grupo misionero evangelista estadounidense) con las petroleras.
                        A esos misioneros yo los conocía bien desde mis tiempos en el Peace Corps. Su
                        organización se había presentado en Ecuador, lo mismo que en tantos otros países,
                        con el pretexto de estudiar, inventariar y traducir las lenguas indígenas.
                           El SIL había trabajado asiduamente con los huaorani, una tribu de la cuenca
                        amazónica, durante los primeros años de la explotación petrolera. En aquel momento
                        empezó a hacerse evidente una pauta inquietante. Cada vez que los sismólogos
                        transmitían a las oficinas centrales que las características de determinada región
                        indicaban gran probabilidad de contener un yacimiento en el subsuelo, aparecían los
                        del SIL para sugerir a los indígenas que dejaran sus tierras y pasaran a alojarse en las
                        reservas de los misioneros, donde se les daría gratis alimento, cobijo, ropas, cuidados
                        médicos y educación religiosa. Eso sí, a condición de donar las tierras a las compañías
                        petroleras.
                          Según rumores asiduos, los misioneros del SIL practicaban varias técnicas turbias a
                        fin de persuadir a los indígenas y conseguir que dejaran sus poblados para residir en
                        las misiones. Una versión muy repetida era que les daban alimentos mezclados con
                        laxantes... y luego les ofrecían medicinas para curar la supuesta epidemia de diarrea.
                        Y que en todo el territorio huaorani lanzaban con paracaídas cestas de comida
                        provistas de doble fondo, conteniendo transmisores de radio miniaturizados, cuyas
                        emisiones eran sintonizadas por los militares de la base estadounidense de Shell con
                        ayuda de avanzados receptores de comunicaciones. De esta manera, cuando a alguno
                        de la tribu le mordía una serpiente venenosa, o caía gravemente enfermo, no tardaban
                        en hacer acto de presencia los representantes del SIL provistos del antídoto o de los
                        fármacos adecuados — a menudo, transportados por los helicópteros de las mismas
                        compañías






















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