Page 44 - Confesiones de un ganster economico
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Corea y Vietnam. En 1968, el año en que fui entrevistado por la NSA, era ya evidente
que si Estados Unidos quería realizar el sueño de un imperio global (tal como lo
habían planteado hombres como los presidentes Johnson y Nixon), tendría que recurrir
a estrategias calcadas del ejemplo iraní sentado por Roosevelt. Era la única manera de
derrotar a los soviéticos sin incurrir en el riesgo de una guerra nuclear.
Restaba un problema, no obstante. Kermit Roosevelt había sido un agente de la
CIA. Las consecuencias habrían podido ser funestas si lo hubiesen atrapado. Él
orquestó la primera operación de Estados Unidos para derribar a un gobierno
extranjero. Era probable que se recurriese a este expediente muchas veces más, pero
interesaba buscar un planteamiento que no implicase directamente a Washington.
Por fortuna para los estrategas, la década de 1960 fue también testigo de otra
revolución: el auge de las corporaciones multinacionales y de los organismos
internacionales como el Banco Mundial y el FMl. Estos dependían para su
financiación principalmente de Estados Unidos y de nuestros primos europeos,
también constructores de imperios. Se desarrolló una relación simbiótica entre el
gobierno, las empresas y los organismos internacionales.
En la época en que me matriculé en la EADE de Baston, la solución al problema
«Roosevelt percibido como agente de la CIA» estaba ya bien diseñada. Las agencias
de inteligencia estadounidenses, entre ellas la NSA, identificarían a posibles EHM y
estos podrían a continuación ser contratados por las multinacionales. A los gángsteres
económicos jamás les pagaría ningún organismo público, sino que serían asalariados
del sector privado. En consecuencia, su trabajo sucio, caso de resultar descubierto,
sería atribuido a la codicia de las empresas, no a la política gubernamental. Las
compañías que los contratasen, aunque pagadas por las agencias gubernamentales y
sus colaboradores necesarios de la banca internacional (con dinero del contribuyente),
no estaban sometidas a la fiscalización del Congreso ni a los criterios de la opinión
pública. Además quedarían protegidas por un escudo legislativo cada vez más sólido,
formado por leyes sobre la propiedad comercial, el comercio internacional y
restrictivas de la libertad de información. 2
- Ya lo ves -concluyó Claudine-. No somos más que la segunda generación,
herederos de la tradición gloriosa que comenzó cuando tú estabas en el tercer año de la
escuela elemental.
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