Page 33 - Cuentos del derecho… y del revés. Historias sobre los derechos de los niños
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moría de vieja; los escamoles los consideraba una porquería, y los elotes no

               podía morderlos porque la dentadura postiza siempre se le quedaba pegada.

               Lo que sí le gustaba eran los niños. Entre sus cuatro nietos y sus veintidós
               ahijados, repartía el tiempo libre que le dejaban sus ocupaciones de síndico, y

               con eso tenía lo suficiente para ser feliz.

               Hasta que nació Nacho.


               Cada vez que un nuevo primogénito llegaba a aumentar la población de San
               Juan, Herminio fingía una tremenda molestia, pero su esposa corría a la ciudad a
               comprar vela, ropón y guayabera, porque a su marido no le gustaba repetir la
               vestimenta.


               —¡Que no, mujer, que no! ¿Cómo se vería que el padrino estuviera vestido
               igual? ¿No ves que cada niño es único? Imagínate lo que iban a pensar de mí si
               no voy estrenando.


               —Entre ropones, guayaberas, bolos y los domingos que repartes entre los
               veintiséis chamacos, se nos va todo... ¡una gastadero, un gastadero! —se iba la
               esposa del síndico gritando de furia, pero con una enorme sonrisa en el fondo,

               porque justamente por eso se había casado con Herminio: por generoso.

               Ah, sí, les estaba diciendo que las desgracias de don Herminio llegaron con el
               nacimiento de Nacho. Ignacio José Guadalupe López Fuentes, para servirles.

               Pero me pueden decir Nacho.

               Cuando nací, a mi padrino casi le da el patatús.


               —¡Indígena y ciego! ¡Válgame Dios! Este niño tiene todo en su contra... Va a
               sufrir mucho, el pobrecillo —gritó nada más verme.


               El síndico lo decía por experiencia.


               Había visto cómo algunas personas de la ciudad asumían que los indígenas de
               San Juan eran seres inferiores; vio muchas veces cómo trataban de engañarlos en
               los negocios con las cosechas o con los animales; fue testigo de cómo muchas
               señoras encopetadas se tapaban la nariz con dos deditos haciendo cara de fuchi
               por el supuesto mal olor de las indígenas que van a vender al mercado de la
               ciudad; sabía, además, que los niños no se andan con medias tintas cuando de
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