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ESTHER
ARÉVALO
(1968).
ESTHER ARÉVALO,
DAMA DE HONOR EN 1960
aprendió a hacer lavados y tintes.
“Ella nos peinaba -subraya-, no tenía un
salón de belleza. Experimentaba con nosotros
y hacia unos lindos peinados”, recuerda Ana,
local grande, propiedad de Salvador Susana. trasladándose a esos días novembrinos cuando
Ese fue el escenario de todos los bailes ese año. caminó por ese salón de baile, repleto de
Ana, al volver a esa época maravillosa, recu- jóvenes deslumbrados por su belleza.
erda que su vestido de Reina de color blanco y En esa Corte del reinado de Ana, se encon-
adornado con perlas, se lo confeccionó en Santa traba una niña de 10 años, como damita de
Tecla, Lucy Quiñónez, “Toda una especialista honor al pie de la soberana. Su nombre: Ester
en el arte de la costura, subraya, y al probármelo Arévalo Montoya. Con su vestido blanco, bou-
me sentí como un personaje de los cuentos de quet, chonga en la cintura, un sobrio escote en
hadas”, afirma. V y sus ojos claros, hacía del séquito un cuadro
Con una sonrisa evoca esos momentos: digno de un pintor.
“¡Me daban ganas de tocar todo con el cetro y Esther Arévalo, ocho años más tarde sería
transformarlo, como si viviera en un mundo de la Reina de los festejos (1968). Ese año un per-
ensueño!”, recuerda. sonaje se reafirmó como genio y figura en la
En Armenia los salones de belleza en esa elección de las reinas: Víctor Escobar, conocido
época no existían y se debía auxiliar de los cariñosamente como “Tadin”. Un ciudadano
estilistas de la capital. Pero, como eran cinco ejemplar, mecenas del deporte, miembro vital-
días; Ana, se puso en manos de Aida Moran de icio del Comité de Festejos y Presidente de la
Llort, quien la sacó del apuro. La respaldaba Hermandad del Santo Entierro.
un curso de belleza de Madame Rostau, donde Esther relata que Don Víctor le preguntó si
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