Page 55 - Visiones de Alejandria | 3ra edicion | Editorial HL 2019
P. 55

Editorial HL | Literatura Moderna


                  en el lugar que más les plazca. Después de arreglar sus asuntos, entraran en la casa y


                  se prepararan para la cena, adentro encontraran baños con los mejores perfumes y

                  ropa de su medida que se les vera muy bien. Así recibiremos a mis hermanas, Raf y


                  Nag, que llegaran para cantar en el velorio de usted, respetable Obispo, Don Illan, no


                  crea que no recuerdo su nombre. Esta noche le preparare perdices, sus favoritas.



                  Y  así  lo  hicieron,  ellos  entraron  y  yo  encontré  la  pala,  llevando  a  cabo  mi  tarea  de

                  enterrador cave mientras hablaba con mi maestro, entendiendo los motivos por los


                  que  no  bebió  del  brazo  de  Lir  para  volverse  vampiro  y  dejándole  en  claro  que  lo


                  echaría de menos. Porque a pesar de que ya había sido testigo de la existencia de dios

                  y sus diversas manifestaciones, tenía miedo de que sería de mí, porque la verdad, en


                  esos días Lir no me daba mucha confianza debido a su intenso modo de vida, porque al


                  parecer era un vagabundo del tiempo.



                  Entramos…Encontramos  al  vampiro     Lir  leyéndole  un  poema  al  oído  a  Fausta  en  la

                  cocina,  totalmente  encantados  entre  ellos,  juraría  que  no  lo  reconocerían.  En  fin,


                  llegaron las dos brujas que resultaron gemelas y cenamos, dialogando cosas casuales,


                  sobre de donde venía y que hacíamos ahí, sin olvidar las bromas que las tres brujas

                  hacían  respecto  a  la  próxima  muerte  de  mi  maestro,  que  se  lo  tomaba  con  mucha


                  dicha  también,  no  solo  porque  agonizaba,  sino  porque  en  palabras  propias  de  él.


                  “Estaba seguro de su fe…”


                  En fin, acabada la cena, mi maestro empezó a decaer, se debilito de los ojos y se sentó


                  en un sillón individual que tenían cerca de la chimenea, a un lado de la mesita redonda


                  donde estábamos todos los demás, pronunciando sus últimas palabras.








                                                            55
   50   51   52   53   54   55   56   57   58   59   60