Page 58 - LIBRO ERNESTO
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Ernesto Guerra Galarza
Tengo amigos de los tiempos en que jugaba al fútbol que son
abogados, arquitectos, ingenieros, médicos, pero también estoy
orgulloso de los que abrazaron la profesión de sastres o se realizaron
como magníficos obreros. Todos son gente honorable, que han
formado hogares sólidos.
Le doy gracias a Dios, porque jamás en mi vida sentí lo que es
necesidad. El duro trabajo les permitió a mis padres cobijarnos en
vivienda propia y alimentarnos adecuadamente, con ‘cinco golpes’ a
lo largo del día: el desayuno potable y bien despachado, el refuerzo a
media mañana, el almuerzo a la una de la tarde, las golosinas a las 5 y
la merienda, pasadas las 7 de la noche. Somos una familia numerosa
y comer juntos era una sana y maravillosa costumbre.
Me acuerdo desde que tengo uso de razón, que todos los domingos
religiosamente se reunía toda la familia para comer en la casa de
mis padres. Igual, cuando cada uno tomó su camino. Ya casados y
con hijos, la mesa creció. En alguna oportunidad tuve la suerte de
invitarle a mi amigo entrañable, el técnico uruguayo Juan López
y casi se le escapan las lágrimas, cuando vio semejante muestra de
unión y convivencia. Se quedó encantado por ese aroma de hogar y
profundos sentimientos que supieron infundirnos nuestros padres.
Ernesto Guerra
con la blusa
de la selección
nacional que jugó
el Sudamericano
de 1959 que
se realizó en
Guayaquil. A su
lado, el técnico
uruguayo Juan
López, el hombre
que fue su ídolo y
modelo.
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