Page 311 - El Retorno del Rey
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y nadie salió a saludarlos. Esto les sorprendió, pero no tardaron en descubrir el
motivo. Cuando llegaron a El Dragón Verde, el último edificio del camino a
Hobbiton, ahora desierto y con los vidrios rotos, les alarmó ver una media docena
de hombres corpulentos y malcarados que holgazaneaban, recostados contra la
pared de la taberna; tenían la piel cetrina y la mirada torcida y taimada.
—Como aquel amigo de Bill Helechal en Bree —dijo Sam.
—Como muchos de los que vi en Isengard —murmuró Merry.
Los bandidos empuñaban garrotes y llevaban cuernos colgados del cinturón, pero
por lo visto no tenían otras armas. Al ver a los viajeros se apartaron del muro, y
atravesándose en el camino, les cerraron el paso.
—¿A dónde creéis que vais? —dijo uno, el más corpulento y de aspecto más
maligno—. Para vosotros, el camino se interrumpe aquí. ¿Y dónde están esos
bravos oficiales?
—Vienen caminando despacio —dijo Merry—. Con los pies un poco
doloridos, quizá. Les prometimos esperarlos aquí.
—Garn ¿qué os dije? —dijo el bandido volviéndose a sus compañeros—. Le
dije a Zarquino que no se podía confiar en esos pequeños imbéciles. Tenían que
haber enviado a algunos de los nuestros.
—¿Y eso en qué habría cambiado las cosas? —dijo Merry—. En este país no
estamos acostumbrados a los bandoleros, pero sabemos cómo tratarlos.
—Bandoleros ¿eh? —dijo el hombre—. No me gusta nada ese tono. O lo
cambias, o te lo cambiaremos. A vosotros, la gente pequeña, se os han subido los
humos a la cabeza. No confiéis demasiado en el buen corazón del Jefe. Ahora ha
venido Zarquino, y él hará lo que Zarquino diga.
—¿Y qué puede ser eso? —preguntó Frodo con calma.
—Este país necesita que alguien lo despierte y lo haga marchar como es
debido —dijo el otro—, y eso es lo que Zarquino hará; y con mano dura, si lo
obligan. Necesitáis un Jefe más grande. Y lo tendréis antes que acabe el año, si
hay nuevos disturbios. Entonces aprenderéis un par de cosas, ratitas miserables.
—Me alegra de veras conocer vuestros planes —dijo Frodo—. Ahora mismo
iba a hacerle una visita al señor Otho, y es muy posible que también a él le
interese conocerlos.
El bandido se echó a reír.
—¡Otho! Los conoce muy bien. No te preocupes. El hará lo que Zarquino
diga. Porque si un Jefe crea problemas, nosotros nos encargamos de cambiarlo.
¿Entiendes? Y si la gente pequeña trata de meterse donde no la llaman, sabemos
cómo sacarlos del medio. ¿Entiendes?
—Sí, entiendo —dijo Frodo—. Para empezar, entiendo que estáis atrasados,
atrasados de noticias. Han sucedido muchas cosas desde que abandonasteis el Sur.