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Rococó, clasicismo y romanticismo
cuadros sin pensar en su adquisición. Esta tendencia venía acen
tuándose desde el Salón de 1699, y en 1725 informa ya el Mercure
de France que se podía ver en el Salón un enorme público de todas
las clases y todas las edades, que miraba, ensalzaba, criticaba y cen
suraba 161. Según los informes de la época, la afluencia fue sin pre
cedentes, y aunque la mayoría acudía sólo porque la visita al Salón
se había puesto de moda, sin embargo, el número de aficionados
serios había crecido también. Esto lo prueba, sobre todo, la gran
cantidad de nuevas publicaciones de arte, de revistas artísticas y de
reproducciones 162.
París, que era hacía ya tiempo el centro de la vida social y li
teraria, se convierte ahora también en capital artística de Europa y
asume plenamente el papel que había desempeñado Italia desde el
Renacimiento en la vida artística de Occidente. Es verdad que
Roma sigue siendo el centro de estudio del arte clásico; sin em
bargo, París es el lugar donde se va a estudiar el arte moderno ,63.
La vida artística de París, de la que en adelante se ocupa todo el
mundo culto, debe, sin embargo, su impulso más fuerte a las ex
posiciones de arte, que en modo alguno se limitan al Salón. Es cier
to que también en Italia y en Holanda había exposiciones, incluso
antes, pero es precisamente en la Francia de los siglos XVII y
XVIII donde se convierten en un factor indispensable de la activi
dad artística UA. Las exposiciones de arte fueron organizadas de ma
nera regular sólo a partir de 1673, es decir desde el momento en
que al reducirse el apoyo oficial, se ven obligados los artistas fran
ceses a volverse a los compradores. En el Salón podían exponer sólo
los miembros de la Academia; los artistas no académicos tenían
que exponer al público sus obras en la «Academia» de la Aso
ciación de San Lucas, mucho menos distinguida, o en la Exposition
de la Jeunesse. Hasta que la Revolución abrió en 1791 el Salón a
la totalidad de los artistas, no se hicieron innecesarias las exposi
161 Ibid., págs. 128 sig.
162 André Fontaine, Les doctrines d'art en France, 1909Tpág. 186; F. Benoíc, op. cit.,
pág. 133.
lí3 A. Dresdner, op. cit., pág. 180.
164 Ibid., pág, 150.
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